Viernes, 13 de Noviembre del 2020
LA MIRADA ESTRATEGICA
En su obituario posteado en facebook, el
coleccionista e investigador Fernando M. Peña afirma fuerte y claro que “Hay mucho para agradecer a Pino”. Sin
lugar a dudas es así. Más allá de los cauces ideológicos, militantes o partidarios
que nos contenga a cada quien, la figura de Pino Solanas proyecta una luz
fundamental sobre el cine argentino y latinoamericano. Negarlo sería tan necio
como restarle importancia a la influencia de su obra. De lo colectivo a lo particular,
siempre personal, el camino trazado con su extensa filmografia deja la huella
de una inquietud de fondo: pensar una Argentina y una Latinoamérica descolonizadas.
En 1988, durante mi aventura universitaria en
Córdoba, vi y escuché a Pino en el estreno de Sur. Por entonces, el público joven asociaba su notoriedad al éxito
de El exilio de Gardel (Tangos)
(1985), film con el que había
retornado a la ficción después de diez años, en sintonía con el regreso de la
democracia al país. Recién llegado de Cannes con el premio a la mejor dirección
en el bolso, Solanas nos arengaba en un cine cordobés repleto de estudiantes a
liberar la patria y nos advertía sobre los viejos peligros que la acechaban. Con
el alfonsinismo socavado y con la amenaza militar aun latente (las leyes de obediencia
debida y punto final ya habían sido sancionadas), aquella tarde resultó reveladora.
El vozarrón y la oratoria de Pino desmantelaban su halo de director prestigioso
y lo acercaba a los presentes como un exiliado más que regresaba a casa. Además,
el cine que yo admiraba a la distancia desde Santiago del Estero -y que de
alguna manera me había llevado a estar ahí- me estaba hablando en persona y no
sólo se trataba de estética. Veinte años después vería a Pino hacer lo mismo en
una sala de Tucumán. Esa vez presentaba Tierra
sublevada: Oro impuro (2009), segunda parte de su saga documental sobre la
devastación minera en Argentina. Las nuevas generaciones lo identificaban más
por su perfil político que cinematográfico. La presentación estaba teñida de
proselitismo ya que por esos días Pino se candidateaba a diputado nacional por
Proyecto Sur, banca que finalmente obtendría. En cualquier caso, era el mismo
Pino Solanas: su preocupación por el extractivismo y por desarrollar un
proyecto nacional que recupere los recursos naturales componían su agenda
política y cinematográfica. Basando su plataforma en ello, Proyecto Sur plantó
la ecología en el mapa político argentino. Volviendo del exilio en los ochenta
o entrando a un nuevo siglo, Pino aportaba su visión estratégica.
En 1991, tras recibir seis disparos en sus
piernas, Solanas decide entrar a la política activa. Sus críticas al menemismo
le pasaban factura y frente al atentado, por el que responsabilizó al expresidente
riojano, redobló la apuesta. Así fue como llegó al Congreso Nacional, desde
donde impulsó la ley de cine que fue sancionada en 1994. Conquista histórica
para el sector cuyas repercusiones están a la vista y perduran: crecimiento
exponencial del volumen y diversidad de la producción nacional, amparado en el
fomento que la ley garantiza. Además, como cineasta militó activamente la
creación de la CINAIN (Cinemateca y Archivo de la Imagen Nacional), entendiendo
como pocos la importancia de preservar el patrimonio audiovisual. El organismo se
creó por sanción legislativa en 1999. Otra vez la mirada estratégica. Al
respecto dijo: “El cine es la memoria de
un país desafiando a la inmortalidad”. Sin embargo, hoy la CINAIN sigue sin
funcionar plenamente.
Durante la década del noventa, centraría su
cine en la ficción. Tal vez por entender que la realidad del país necesitaba
ser interpretada con otros códigos. El realismo maravilloso con el que impregnó
su obra fue la forma de representar y criticar la farandulización de la cultura
que provocaba el menemismo. No encontró el eco anterior en el público ni en una
parte de la crítica. Los emergentes de la época auguraban un nuevo cine y en
ese contexto Pino parecía ser más útil desde la política.
Me cruzaría nuevamente con él en las
instalaciones del José María Minella, el estadio mundialista de Mar del Plata.
Diciembre del 2002. A un año del estallido social que hechó a De la Rúa del
gobierno, la CTA lanzaba su plataforma política de intención partidaria. El
proyecto no prosperó pero el entusiasmo era grande y multitudinario. Invitado a
registrar el acontecimiento por dirigentes de la CTA local, llegué a La Feliz con
mi cámara M-9000, tres o cuatro casetes VHS para reciclar y un par de baterías.
En medio de los plenarios, Pino se apareció en mi encuadre. Sostenía en su mano
una camarita del tamaño de una caja de fósforos con la que registraba todo. El
material terminaría siendo parte de su documental Memoria del saqueo que estrenaría dos años después. Y su
testimonio, tomado mientras caminabámos por un largo pasillo, terminaría siendo
parte de mi registro. En adelante, Solanas retomaría definitivamente el testimonio
documental en su obra y caminaría a lo largo y ancho del país para dar cuenta
de los estragos del extractivismo y el agronegocio.
Tras el
estallido social del 2001, el país había entrado en una fuerte movilización
social y política con secuelas en las provincias. En Santiago del Estero significó
la caída del juarismo tras 50 años de poder. La intervención federal ordenada
por Néstor Kirchner en el 2004 intentaba reorganizar la provincia en términos
políticos, al tiempo que en la calles se vivían aires de una apertura cultural
sin precedentes. No recuerdo si fue ese año o el siguiente -sí que fue en ese
clima-, que Pino Solanas visitó la ciudad. Alcanzo también a recordar que con
Félix Demasi lo acompañamos desde el hotel hasta Los cabezones, el mítico bar que los hermanos Paz atendían sobre
calle Independencia casi esquina 9 de julio. Era una mañana de domingo o de feriado,
pero el bar estaba lleno de parroquianos que habian cambiado el vino por el
desayuno para escuchar a Pino, que por entonces andaba agitando un nuevo
proyecto político. Otra vez su palabra se cruzaba en mi camino.
A finales de la década del noventa, cuando me radiqué en Buenos Aires para
estudiar cine, pude, por fin, ver Los
hijos de Fierro (1975) y La hora de
los Hornos (1967) en versión fílmica. Lo hice en el legendario Cine Cosmos.
Con la segunda, repetí la experiencia en ciclos de la Filmoteca Buenos Aires. Obra
maestra sin igual, su ensayo vanguardista ejerce aun hoy vastas influencias en
el cine mundial. Tratado histórico cuya vigencia es la prueba inmejorable de
que el cine es, ante todo, una expresión política que se ejerce con la mirada
en compromiso con su tiempo. Algo que, más allá de sus tránsitos como dirigente
político, Pino nunca dejó de hacer. Ese es su principal legado.
