Por
Sara Ponce
Martes, 28 de Septiembre del 2021
La muerte de Musa
El 25 de septiembre pasado me desperté con la noticia que había muerto Musa Azar, el genocida. Había recibido la noticia de los diarios santiagueños mandados por miembros de mi familia y por una compañera de prision. Busqué dentro mío algún sentimiento relacionado con esta muerte y no encontré ninguno. Entonces recordé que desde hace muchos años los genocidas argentinos y mis sentimientos van por distintos caminos. Recordé que hace muchos años decidí ser feliz agradeciendo todo lo que la vida me da. Fue una decisión tomada como venganza personal contra los asesinos de mi pueblo que después se hizo costumbre y ya no me acordé de lo que la había originado.
Esta determinación mía no quiere decir perdón ni olvido. Solo que ellos ya no son el origen y el motivo de sentimiento alguno. Ya salí de sus cárceles completamente.
Pero ese día 25 de septiembre vino a mi memoria un grupito chico de compañeros ex presos políticos de Santiago, que barajaron la idea loca de llevar a Musa Azar y a su grupo genocida a juicio y ponerlos en la cárcel. La idea era una utopía en ese momento. Musa Azar había sido el dueño de la vida y de la muerte en Santiago del Estero durante las dos últimas gobernaciones de Juarez, de la de su esposa, Nina Aragones, y durante la sangrienta dictadura de 1976.
Sin embargo, estos obstinados compañeros comenzaron a darle forma a la idea de los juicios, hablaron con abogados y poco a poco la idea comenzó a tener sentido.
Recordé los años en que se intentó que el Juzgado Federal de Santiago del Estero aceptara los crímenes que se alegaban contra los genocidas, las veces que tuvieron que hablar con el fiscal, la defensoria y el juez. Las veces que los compañeros se pararon frente a las puertas de este juzgado para que se sepan sus reclamos. Por años se daba un paso adelante y a veces dos atrás . Hasta que se logró llevar a juicio a Musa Azar y a su grupo de asesinos.
Ahora había que recordar el trauma de nuevo, con todos sus detalles, porque debíamos testimoniar ante los jueces. Recordé el dolor, la ansiedad de los testigos de volver a revivir las muertes, las torturas, las desapariciones, y los abusos sexuales cometidos. Pero también recordé la convicción de que teníamos que hacerlo por los que ya no estaban y no podían testimoniar, por nuestras familias que habían sufrido lo indecible, por las generaciones futuras que leerán nuestras declaraciones, y también por nosotros, los que estuvimos en las cárceles.
Me vino también a la mente la felicidad tan grande que sentimos después de declarar contra ellos, contra Musa Azar que nos miraba y sonreía con la misma sonrisa con que torturaba. Y al leer la noticia de su muerte, pensé: nosotros, cada uno de los que colaboramos de una manera u otra para llevar a este genocida a ser juzgado y condenado con varias sentencias de prision perpetua, le borramos a Musa Azar su sonrisa.
Es verdad que merecía haber muerto en la cárcel como era su condena, y que se llevó consigo la información de todos los crímenes cometidos por él y por sus subalternos genocidas. Nunca dio el mínimo dato sobre los detenidos desaparecidos y esto no es poca cosa. Pero tampoco es poca cosa el haber logrado juzgarlo por crímenes de lesa humanidad una y otra vez, contra todos los obstáculos que se encontraron en el camino. No es poca cosa que fuimos parte acusatoria de los genocidas en el país que juzgó y condenó por lesa humanidad y delitos sexuales a la mayor cantidad de represores en el mundo.
Por eso, el día de la muerte de Musa Azar, yo elijo recordar nuestra lucha para que se haga justicia. Cuando leí las noticias de su muerte en los diarios, donde se lo trata de genocida y represor, y se detalla los crímenes por los que fue juzgado y condenado, pensé: este es su obituario. Nosotros lo conseguimos. Nosotros, sus victimas, hemos escrito y escribiremos su historia.