La muerte del gran torturador

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Domingo, 26 de Septiembre del 2021

La muerte del gran torturador

Hoy ante la noticia de la muerte de uno de los dueños de la muerte de nuestro país, el genocida Musa Azar,   se me lleno el cuerpo de sensaciones que inundaron mi boca de palabras que a pesar de su rotundez no terminan nunca de describirlas. No alcanzan, siempre algo  queda afuera. Imágenes, dolores, sabores,  miedos,   ausencias de   cientos, miles  de vidas suspendidas en el oscuro tiempo del no lugar de las desapariciones, el duelo eterno que la perversión de sus silencios nunca cierran. Ni la precisión quirúrgica del lenguaje judicial que ampara  su mezquindad en  la venerada objetividad,   alcanza. Prisión ilegal, torturas, violaciones, homicidios, robos  son figuras que pronunciados apenas consiguen   balbucear el horror.

 Horror que desborda   la vida y la muerte de quien fuera uno de sus grandes artífices, horror  que más allá de su nombre  fue tejiendo una densa trama de nombres e instituciones empeñadas en gerenciar el terror. Cuantas culpas lavadas en su silencio, ahora sellado por la muerte. Queremos todo, más allá de la muerte de este maldito, que no nos mueve ni el odio, ni la venganza sino la necesidad de construir a partir de horror un mundo más justo y para ello debemos conocer su verdadera dimensión y encontrar las palabras para poder nombrarlo.

 Ni las seis condenas, cuatro de ellas a prisión perpetua, ni las sesenta causas pendientes  alcanzan.  Miles de hojas y ríos de tinta, testimonios de sus víctimas,  escritos con sangre y lágrimas  repetidos  con voz temblorosa en el filo de la esperanza  ante la mirada inquisidora  de su majestad la justicia y ante  la mueca sardónica que simulaba una sonrisa  en el rostro del gran torturador consiguen del todo contener el horror.

 La inapelable  presencia de la muerte, aún la de estos indeseables, que hubiéramos ansiado  que nunca existieran,  deja una sensación extraña en el cuerpo y miles de preguntas que dan vueltas en la cabeza.

 Y una sola certeza debemos seguir buscando  imperiosamente  las palabras que contengan la justa dimensión del horror. Palabras que se construyen en la lucha cotidiana por la memoria, la verdad y la justicia,   que se libra  en las calles, en los claustros, en lo más recóndito de nuestros montes. En ella está la esperanza de poder definitivamente nombrarlo, señalarlo, exorcizarlo.

Por lo demás la muerte, de éste mil veces muerto, no cierra nada. Muerto o vivo cada uno ocupa su lugar en la memoria, nunca nos faltarán palabras para nombrarlo. 



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