La muerte del gran torturador
Hoy ante la
noticia de la muerte de uno de los dueños de la muerte de nuestro país, el
genocida Musa Azar, se me lleno el cuerpo de sensaciones que
inundaron mi boca de palabras que a pesar de su rotundez no terminan nunca de
describirlas. No alcanzan, siempre algo
queda afuera. Imágenes, dolores, sabores, miedos,
ausencias de cientos, miles de vidas suspendidas en el oscuro tiempo del
no lugar de las desapariciones, el duelo eterno que la perversión de sus
silencios nunca cierran. Ni la precisión quirúrgica del lenguaje judicial que
ampara su mezquindad en la venerada objetividad, alcanza. Prisión ilegal, torturas,
violaciones, homicidios, robos son
figuras que pronunciados apenas consiguen
balbucear el horror.
Horror que desborda la vida
y la muerte de quien fuera uno de sus grandes artífices, horror que más allá de su nombre fue tejiendo una densa trama de nombres e
instituciones empeñadas en gerenciar el terror. Cuantas culpas lavadas en su
silencio, ahora sellado por la muerte. Queremos todo, más allá de la muerte de
este maldito, que no nos mueve ni el odio, ni la venganza sino la necesidad de
construir a partir de horror un mundo más justo y para ello debemos conocer su
verdadera dimensión y encontrar las palabras para poder nombrarlo.
Ni las seis condenas, cuatro de ellas a
prisión perpetua, ni las sesenta causas pendientes alcanzan.
Miles de hojas y ríos de tinta, testimonios de sus víctimas, escritos con sangre y lágrimas repetidos
con voz temblorosa en el filo de la esperanza ante la mirada inquisidora de su majestad la justicia y ante la mueca sardónica que simulaba una
sonrisa en el rostro del gran torturador
consiguen del todo contener el horror.
La inapelable
presencia de la muerte, aún la de estos indeseables, que hubiéramos
ansiado que nunca existieran, deja una sensación extraña en el cuerpo y
miles de preguntas que dan vueltas en la cabeza.
Y una sola certeza debemos seguir
buscando imperiosamente las palabras que contengan la justa dimensión
del horror. Palabras que se construyen en la lucha cotidiana por la memoria, la
verdad y la justicia, que se libra
en las calles, en los claustros, en lo más recóndito de nuestros montes.
En ella está la esperanza de poder definitivamente nombrarlo, señalarlo,
exorcizarlo.
Por lo demás la
muerte, de éste mil veces muerto, no cierra nada. Muerto o vivo cada uno ocupa
su lugar en la memoria, nunca nos faltarán palabras para nombrarlo.