CARTAS NÁUTICAS PARA EL REMANSO
En el día mundial de la poesía, compartimos esta reseña escrita por Leticia Auat sobre el poemario "La mujer suelta" de la poeta Gabriela Alvarez. Extimidad hospedada por lo profundo como aquellas superficies que forman las densidades del sueño cuerpo textura cuerpo escritura errancia Extracto de Incluso el vacío Marilina Arbeloa La Mujer Suelta
es el poemario ganador del primer concurso municipal de poesía Clementina
Rosa Quenel. Su autora es Gabriela Álvarez y lo que presenta tiene el sello de
una poesía que acontece en la exploración
de la propia voz. A semejanza de su poemario anterior, este libro se compone de
dos tiempos y su relato se siente profundamente íntimo, aunque Gabriela sea una presencia en retazos, de a jirones. Como un humano
recién traído al mundo, su búsqueda comienza con las texturas y las formas del
espacio más cercano poniendo a prueba las rodillas, la saliva, la piel. También
la precisión de las palabras. Las palabras puentes que viajan y retumban contra
las cosas como un SONAR que le avisa sobre los objetos del mundo para cuidarse
de sus esquinas, de los objetos sumergidos bajo el lenguaje, del espectro de lo humano y sus irregularidades. Si
aún no lo han escuchado, el eco del SONAR es un pulso, un latido metálico,
profundo. Aquí las palabras se dicen para esto, para provocar ecos y
reverberancias en el cuerpo y en el mundo como si fuera la misma cosa. La
palabra así es un material orgánico. Los propios movimientos se contemplan como
un lenguaje extraño con el que luego podrá comunicarse con ella misma ¿Se puede
habitar la herida? Se asume un cuerpo, un cuerpo asignado que la aventaja. En
baja frecuencia, baja intensidad, las cosas parecen suceder en una escucha
secreta del tiempo. Gabriela por momentos observa el plano dibujado para ser el
punto ciego en el paisaje. Lo que sucede se deshace rápidamente, una huella en
el agua para insistir con otra piedra. La escala es muy pequeña, el plano va de
la mano al agua, a sus corrientes y a su inmediata profundidad. La hospitalidad
está en las cosas hechas, dadas, anticipando la indiferencia de la
gramática.
Por momentos
tengo la sospecha que el relato va en busca de la palabra como cosa, como
juguete y por eso Patio interno es un primer tiempo del libro que La
Mujer Suelta continúa como búsqueda en este pasaje-tiempo que es la escritura.
Aparece la desilusión de saberse pura consciencia, lo real se desagrega, como
una paisaje dentro de otro que se extingue. Ahora la autora sale de ese trance
de un tiempo detenido. La existencia es un peso que detiene el vuelo de los
vestidos, un retraso del amor, de lo que se pierde y se vulnera en el
reconocerse. Así la mujer, la mujer sexuada, Gabriela inconclusa, es central en
su propia obra. Resuelve y registra con destreza y elabora las cartas náuticas
para dibujar su propio territorio, alguna certeza, en esta colección de
autorretratos que colocan su mismidad como rasgadura de la obra artística.
Aparece la permeabilidad de la piel que necesita decir hasta aquí el mundo, hasta aquí Gabriela. La piel, esa bolsa que guarda y protege a la mujer que
crece, como una incubadora. Una bolsa y la ropa la extensión amorosa que guarda
la memoria que la piel no puede retener, porque todavía no es del todo
arquitectura, del todo enredadera. Llegar a la casa siendo una y otra con sus
ancestros a un lugar reconocible, extensivo a la palabra. Y así y entonces
Gabriela es un animal que habla, mira y relata. 