La pelota regresa a las manos
Solía decir el griego Heráclito, en trasnochadas reuniones de amigos, que no se puede beber dos veces del mismo río. De la misma manera, en nuestras propias reuniones trasnochadas, repetimos hasta el cansancio que no es posible leer dos veces el mismo libro. Esto ocurre porque el libro es al mismo tiempo otro y el mismo: el texto, el autor, el lector, la época, son variables de una fórmula que se transforma constantemente. En cada nueva lectura la alquimia de estos elementos se modifica. El Rosenberg poeta al que hoy celebramos es el mismísimo Zoco de la Buri Buri, nuestro propio Roberto Arlt, el manantial de esas maravillosas aguafuertes santiagueñas que amamos releer, para bañarnos alegremente en el recuerdo de la ciudad perdida. Pero también es Otro Rosenberg. Jorge ha dicho alguna vez que tiene un pequeño fantasma que escribe por él (como Borges lo tenía), alguien que lo releva en las guardias nocturnas y lo protege de la oscuridad. (“Relevo”) Tal vez sea por eso que Jorge ha escrito este libro circular, redondamente borgeano, esférico como la luna, como la pelota de la infancia y la esperanza, en ese tiempo en el que todo era confiable y seguro. (“La pelota de la luna” - “El trompo”). Un libro que gira sobre sí mismo con la cadencia musical de los trompos de madera fabricados por el viejo Bartolo. Giran el trompo, la luna, la pelota, pero a veces no regresan a las manos, a veces son lanzados a la lejanía, al destierro y a la soledad. Llega entonces el tiempo del exilio y el silencio, y ese momento, en este libro, es también un retorno a esa nostalgia angurrienta de la que habla Jorge, retratada hermosamente en poemas como “Jerusalem” y “El huído”. De todas las formas literarias, la poesía es a la vez la más permanente y la más mutable, porque los vocablos poéticos carecen de una asignación unívoca de sentido, son disruptivos, revolucionarios, construyen senderos que omiten las estructuras de la lógica y los filtros de la razón. La maravillosa Ida Vitale dice que “la poesía es un puente, no de palabras claras, sino riesgoso, lleno de fisuras, cubierto con angustias invisibles que quizás solo valen para quien lo construyó.” “La poesía nos enseña a esquivar las trampas de la realidad”, decía José Manuel Caballero Bonald. Así lo cuenta Jorge en “Momento final”, donde el león que se instala en el poema brinda un refugio temporal de la memoria, permitiéndole habitar por un rato un paraíso evanescente. Pero también la poesía es una herramienta dolorosa y valiente para hacer frente a esas trampas y liberarse de ellas. Así, la poesía de Rosenberg afronta el desarraigo y la muerte: “La casa”, “Recuento”, “Equinoccio”, “Conformidad”, “Una desgracia de talla”, “1955”. La poesía ayuda a expulsar fantasmas y purgar ausencias y olvidos (“Él”, “Recuerdo”) “La literatura salva mi vida” dice Jorge Rosenberg, y es un muchacho el que habla del amor en “Ímpetu”, “Nocturno” y “Extraña Certidumbre”, esquivando mágicamente las trampas de la realidad. Elige también salvarse en el poderosísimo poema “23 de Junio”, el día en que a pesar del dolor y los fantasmas apuesta a amar, a encender las luces de su casa, a dar vuelta a la baraja para seguir viviendo. Elige otra vez, en “Maternidad” transmitir a su pequeña hija el tierno deber de proteger a sus muñecas, en nombre de todas las muñecas huérfanas de la guerra. En este nuevo giro de la pelota, poemas como “Samovar”, “El algarrobo de plata”, “Madre mía” y “El viaje” tienen la dulzura triste de las despedidas, el aroma cálido de las cosas perdidas para siempre. Duelen y reconfortan, son tan potentes en la imagen como en el sentimiento, y aunque refieren a vivencias específicas, funcionan como alfombras capaces de transportar a cualquier lector a la raíz de su identidad. Todo el tiempo que he compartido con este libro lo he vivido en un estado de gracia. Ha teñido mis ojos de una melancolía oscura y luminosa, me ha llevado de viaje a tierras sagradas, devastadas y reconstruidas una y otra vez en el mundo y en el alma. He sentido este libro como un remolino, una espiral atemporal de nostalgia, tristeza y esperanza, en el que podemos perdernos y encontrarnos con todos nuestros Otros: el de la infancia, el de la juventud, el de la rebeldía, el de los exilios, las pérdidas, el amor, la muerte, el miedo, la amistad y el silencio. Un huayra múyoj de hojas en el medio de la Plaza Libertad, o una escalera blanca en un pueblo del otro lado del mar. (“Juego de niños” - “Jerusalem”). El ángulo de sombra que forma un follaje sobre la tumba del padre, parecido al samovar junto al cual meditaba el bisabuelo, añorando a los hijos lejanos, que fueron arrastrados por los vientos de la vida y la revolución. Como susurran los versos rituales de Blanca Varela: “En el centro de todo está el poema intacto”. En el núcleo del torbellino vital que este objeto contiene - aunque lo desborde en cada página - habita la sustancia imperecedera de la poesía de Jorge, de ese Otro Jorge que hace 35 años, que ahora, que siempre está escribiendo en el pasado. Así hemos llegado al final, o tal vez al comienzo de este recorrido por “La pelota de la Luna”, un trayecto cíclico como este mismo poemario a la vez viejo y novísimo, este libro que ha querido renacer para que Jorge, y nosotros con él, demos la vuelta completa a la Luna y regresemos, por un instante eterno, al sueño del pasado, a ese lugar donde habita la felicidad.