LAS TEJEDORAS
Se tejen y destejen los derechos humanos en las aulas y en los parques, en los escritorios y en las calles, en las cocinas y en los teatros, en los consultorios y en las plazas, en los dormitorios y en los patios. Todas las innumerables tramas tienen puntos y puntadas, densidades y conexiones, los meollos y las tensiones que las transforman, las polillas que se las comen. Los cuerpos que se liberan y los que se asfixian. Todo conforma la gran urdimbre de la democracia, ese abrigo que a veces mata de frío y que otras cobijas ilusiones y esperanzas. La lucha y la espera. La utopía y la quimera.
Lindo es pensar los derechos
humanos como una gran bandera que toma forma en movimiento, que flamea, que se
anuda y desanuda desde hace mucho mucho tiempo, y por eso son diversas las
pancartas y estandartes, las remeras y las pecheras, las poesías y canciones,
las acciones y omisiones, cada una de ellas con distintos colores y espesores. Se
teje y desteje, en milenarios telares, en sofisticadas maquinas, a dos agujas,
a una sola aguja, de la ciudad al monte y viceversa con las manos y con la
cabeza, en largos caminos que madrugan para partir la noche e inaugurar el día.
Con tristezas y también con risas. En punto cruz, punto arroz, en puntos ciegos
del paisaje. Se teje y desteje en la memoria, desandado viejos y dolorosos
caminos. Sentados y corriendo. Se teje y desteje hacia el futuro, en
desconocidos puntos que se reinventan en la quietud de las agujas y los peldaños de las escaleras.
Dice Von Ihering que “el derecho es lucha”. Es cierto, el derecho es ante todo un verbo, una acción, algo que necesita
movimiento. Su vigencia, su defensa, está siempre ligada a lo que tejemos y
destejemos con lo que somos. Un tejedor desprevenido corta los hilos y los
entrevera, una tejedora ineluctable no los confunde y los desenrieda, un
tejedor decidido con la luz del día una aguja enhebra, otros sin inmutarse
cosen los ojos de los que piensan, atan las manos de los que siembran. Ahora
mismo, marchan tejedores y tejedoras y un nuevo rumbo desencadenan. Se quiebran
las rimas, y crean nuevas. Tampoco hay una sola forma de rimar, ni tampoco
silabas predilectas. Quizás solo la palabra nosotros, nosotres, nosotras. El derecho es esa trama inacabada que demanda todos los días
organización, solidaridad, compromiso y escucha. Todos los días debemos revisar
como sentimos y pensamos, como nos tratamos. Indagar porque nos miramos como
nos miramos. Porque desde aquellos gestos tejemos y destejemos, derechos y
democracia.
Desde pequeños pasos en
ronda tejieron la historia las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo, un ejemplo
de una lucha que se hizo desde abajo, fue “creciendo desde el pie” como canto
Zitarrosa. Nunca fue fácil el tejido, costo y sigue costando, y sigue doliendo,
y así en el arte de tejer se convirtieron en un símbolo de dignidad mundial. Dice
Ana Carega “fundaron un pacto civilizatorio que hizo de los Derechos Humanos la
respuesta por excelencia al malestar en la cultura.”
Las Abuelas y las Madres han sido las mejores
maestras para que nos anímenos a tejer y a destejer la historia de los derechos
humanos y la democracia, porque en una de las noches más oscuras de nuestro país, salieron con
sus pañuelos blancos a la plaza y nos mostraron la punta del ovillo.
