LOCURA DE LIBROS Y LECTORES
A menudo pienso en la entrañable
intensidad que subyace en la actividad humana de leer y escribir. Desde los
cuatro años me mostraron el valor y la importancia de saber leer con soltura
(subrayo esta palabra, utilizada por los maestros de mi época de alumno), y
escribir correctamente, como repetían en mi familia. Más allá de cuestiones
técnicas y normativas estas acciones marcaron parte de mi niñez y de mi
adolescencia con tintes particulares, afortunadamente. A los seis tío Roque nos
regaló, a sus sobrinos de El Mojón, un par de libritos con oraciones para niños
de un autor llamado Muñoz al que, injustamente, no he vuelto a visitar por
años, pero que me abrió puertas en el alma, al decir de Alberto Laiseca.
Recuerdo esas lecturas reveladoras junto a mis primos alguna tarde en calma,
que eran pocas, porque vivíamos con una intensidad infantil tal que, nuestras
madres inexpertas, experimentaban al borde del ataque de nervios.
Ya en la escuela dejamos de leer libros. Se podría decir
que nos indujeron un olvido paulatino de ellos a lo largo de siete años, para
poder endilgarnos otros conocimientos de más relevancia para la vida en
general. Sin embargo, y para subsanar esas ausencias, en la casa de mi abuela,
mis tíos habían ido conformando una pequeña biblioteca que, al tener algún
acceso, me sirvió de refugio, y luego de lugar de descubrimientos y
aprendizajes.
Muchas veces mi madre me dijo que no leyera tanto porque
me iba a volver loco. Menos mal que no le di ni bolilla ni tampoco le hice
caso, total medio loco fui siempre. De esa época conservo uno que otro libro
que tomé robado (prestado me dijeron) del colegio. Es muy probable que los
registros de esos préstamos se hayan quemado en el último incendio que sufrió
la institución, cosa que celebro por lo que me toca, aunque por lo demás ya
sabemos que eventos como ese siempre son una desgracia irreparable. Confieso
aquí esas productivas fechorías, una porque mis antiguos profesores ya están
jubilados en su mayoría, y otra, porque los que quedan no creo que lean estas
líneas teñidas de algunos recuerdos erróneos o, por no decir, imaginarios. Así
de incautos somos los locos de/por los libros.
En ocasiones me da por pensar en la esencia del acto de
escribir, en lo que llaman el oficio del escritor y en el poder de la palabra.
Vislumbro cosas que luego no puedo llevar al papel, al lenguaje escrito. Asumo
que, en ese misterioso e íntimo encuentro entre pensamiento y visión, radica
toda la angustia de los verdaderos hacedores de una obra, además de la
constatación de la imperfecta realidad de lo creado. Todo esto vendría a ser,
desde algún punto de vista personal, llevar a la acción la voluntad de
trascendencia con lo realizado como justificación, si no válida al menos
pretendida. Borges dijo –cito de memoria– que todas las cosas nos han sido
dadas para transmutarlas, para hacer de las miserables circunstancias de nuestra
vida, cosas eternas.
Recuerdo haber leído en un artículo muy interesante de Ulises
Paniagua (México) que, antiguamente, los sabios, los filósofos pensaban que
nada era real si antes no era nombrado, y además observaron que para que algo
fuese verdadero, debía ser incluso escrito. Esto, ciertamente, podría
reflejarse en la esfera de lo poético por antonomasia, aunque la poesía y sus
auspiciantes nunca hayan gozado del todo de aceptación en los gremios de índole
ciudadana, sobre todo en aquellos donde priman ciertas sensibilidades morales
históricas; ya Platón deseó enfáticamente el destierro de toda Grecia de los
poetas, reducidos por su clasificación desprestigiante, podríamos decir, a
seres libertinos y promiscuos, para usar términos más aceptables. Hoy en día se
denomina escritores a los narradores, y poetas a los que escriben poesía. Es
decir la exclusión sigue puesta de manifiesto con desacertada vigencia, ya que
los segundos pueden, universalmente, ser considerados los artífices más
calificados del lenguaje.
Yo amo los libros hasta el punto de ser capaz de hacerme
odiar por ellos. Uno nunca sabe hasta qué punto a otros le cae como una patada
que uno sostenga encuentros inexplicables. Ya sabe usted, lector, la locura es
contagiosa, el amor por los libros también. En ciertas épocas esta se intentó
curar de diversas formas, inclusive con la muerte.
Aníbal Costilla,
escritor.