LOS LIBROS DE LA BUENA MEMORIA
El aroma que se desprende de los libros, sobre todo de los viejos, no solo el del papel y la tinta sino ese olor indescriptible del tiempo. Los libros que he prestado y no he recuperado jamás, los que tampoco he devuelto. Los que se armaban ansiosamente con fascículos coleccionables. Los que tienen ese gramaje bíblico que hay que deslizar usando las dos manos, como quien da vuelta un cristal. Los que tienen los bordes carcomidos y las letras desteñidas, los que permanecen siempre parecidos a sí mismos. Aquellos a los que siempre regresamos y los que refiere Borges en su poema, “del alto de libros que una trunca sombra dilata por la vaga mesa, alguno habrá que no leeremos nunca”.
Guardo libros recorridos con marcador y anotaciones en los márgenes, algunos limpios, otros prolijamente señalados con lápiz, y otros trazados urgentemente con lapicera porque la frase lo merecía y tampoco había otra cosa a mano, y hubiera sido un crimen cortar la intensidad de aquella lectura. Ahora en las redes sociales también publicamos párrafos fotografiados en plena lectura.
En
algunos sobrevuela el vano deseo de leer todos los libros, Mallarme dispara “La
carne es triste ¡qué desgracia! y yo he leído todos los libros.” Roberto Bolaño
revisita aquel verso y retruca “se puede afirmar que uno ya ha leído todos los
libros, pues incluso aunque los libros se acaben nunca acaba uno de leerlos
todos, los libros son finitos, los encuentros sexuales son finitos, pero el
deseo de leer y de follar es infinito, sobrepasa nuestra propia muerte,
nuestros miedos, nuestras esperanzas de paz”.
Los libros con dedicatorias tienen ese don
especial, a veces sobreviven cercanos por ese párrafo manuscrito, por esa carta
introductoria que selló en la primera hoja toda una forma de leerlo y habitarlo. Los libros que
escriben los amigos, las amigas. Los que mojó alguna inundación y están
retorcidos sosteniendo su testimonio. Los que bebieron vino o mate sin siquiera
pedirlo. Los que tiene mapas en sus índices. Los que atesoran mariposas, hojas,
flores, fotografías, inexplicables recortes de diario, tickets de compras. Los
primeros libros que leímos solo porque eran libros. Los que compramos por sus
autores o editoriales. Los que buscamos como salvataje o distracción. Los que
nos obligaron a leer. Los que soñamos escribir. Los aborrecibles que nos da
temor abrir. Los que alguien menciono en una clase y tomamos nota, pero
finalmente nunca buscamos. La hiperinflación del papel que quizás nunca puedan
llegar a ser libros.
Los libros que incendiaron los milicos en Sarandí.
El bibliocausto nazi en las plazas públicas. Las hogueras de papiro, y
pergamino de Alejandría. “Quemar libros es un empeño absurdo que se repite con
terquedad a lo largo de los siglos de la Mesopotamia hasta el presente”. Señala Irene Vallejo
en su libro “El infinito en un junco” que hay una larga historia de horror y
fascinación que relaciona los libros y el fuego.
Los de la biblioteca del barrio que siempre
devolvía fuera de termino. Los libros con los que juegan los niños y las niñas,
destrozándolos, rayándolos, y rearmándolos para que compartamos la lectura
antes de dormir. Los que habitan nuestros ojos por el dibujo o la tipografía de
la letra de su tapa. Los libros que nos regalaron una escena que sentimos
haberla vivido en carne y hueso. Los que tuvimos que abandonar por que no
entendimos. Los rotos y los descocidos. Los que acariciamos y maltratamos. Los
que apilo en valijas que no van a ninguna parte, los que clausuran cajones con
su peso, los que almacenan cuidadosamente tierra y pelusas debajo de la cama,
los que puedo reconocer a kilómetros de distancia por su lomo, los que alguien
nos contó en una mesa. Los libros de la abuela. Los libros de mis padres. Los que
me comparte mi compañera. Los que mis hijos me han de leer.
Cada quien edifica viviendo su biblioteca y no hay
dos iguales. Spinetta canta a la bibliotecaria infalible que anda todos los
días con nosotros y se llama memoria.