LOS PATIOS VIEJOS

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Domingo, 28 de Mayo del 2023

LOS PATIOS VIEJOS

En la nueva sección de archivos que iniciamos desde revista Mundar, publicamos hoy "Los patios de las casas viejas", texto escrito por Clementina Rosa Quenel y publicado en el diario "El liberal" el 19 de mayo del 1945. La autora escribe inspirada en una visita “La casa de los Taboada”, una joya arquitectónica de la ciudad de Santiago del Estero, perteneciente al siglo XIX.

En su poesía “Un patio” Jorge Luis Borges dice: "El patio es el declive por el cual se derrama el cielo en la casa./ Serena, la eternidad espera en la encrucijada de estrellas./ Grato es vivir en la amistad oscura de un zaguán, de una parra y de un aljibe". 

Hay también en esta prosa una evocación sentida que nos convoca a la zamba de Ramon Navarro, dice en su estribillo "Patios de la casa vieja, Color de siesta soleada, Mate de largas tertulias, qué lindas cosas de cuánta". Creemos que vale la pena asomarse a la lectura de este memorioso patio que hoy nos convoca y porque no también acompañar la lectura de esta la maravillosa zamba.

 

LOS PATIOS VIEJOS

 

Junto a la ciudad han ido muriendo. Cuando esta sacó pecho sobre el asfalto, y los caserones vastos, de cuatro horizontes abiertos ya no justificaron su antaña presencia. Con la última instancia de la piqueta, aquellos patios circunferenciales,

-oh girasoles familiares- fueron recogiendo cual si fueran un maravilloso pañuelo de sol las cuatro puntas de su dulce intimidad.

Han ido replegándose en el recuerdo. Paralelamente la ciudad ha erguido la moderna fisonomía y en la necesidad impostergable de nuevas exigencias, ha terminado con el litigio de presente y pasado, de centro a periferia.

Así, junto a la ciudad han ido oprimiéndose, marchitándose. Así, ya no se presiente la pausa del tiempo, la luz; luz de las luciérnagas, la luna; florecida luna.

Ya no se distribuye la vida familiar junto al aljibe de roldana quejumbrosa, o al rosal aquel que un día cualquiera vistió la primavera de púrpura y sol.

 

Ya no se espera la desnudez del otoño en las manos doradas que voltea la viña mustia. Ni llegan los fríos por la redonda llamarada del naranjo compañero. Ni se mira ir la tarde en la ronda infantil desplegada cotidianamente. (Si miráis por los ojos de alguna cancela veréis las figuras recortadas y la voz aún fonografiada): Buenos días su señoría Mantantero liro lá...(Asoma el viejo corredor su rostro surcado de vigas, y escribe el recuerdo en la péñola de su silencio).

 

Así, junto a la ciudad nueva, el intimo perímetro de los patios va diluyéndose en despedida. Pero el desplazar fue lento. Tal vez quedaba como una in- tención secreta prendiéndose al encanto de las huertas interiores, o deteniéndose en los dinteles de los caserones predestinados.

Tal vez, al derrumbe del primer caserón de leyenda en más de un solar se guardaban historias y reliquias del recuerdo, saraos, clavecín, espliegos. Fue como un cataclismo que signó en el ánimo y en la realidad, las formas perentorias. 

Más entonces, en el corazón alineado de la nomenclatura urbana surgieron los parapetos duros, en otro dialogo de puertas y zaguanes. Y el viejo patio terminó retaceado en cuatro macetas.

Los patios viejos ya no tuvieron bando. Su ancha pulcritud, su convocar al paisaje fué esfumando su destino. El encanto pequeño de las tertulias, el mantón vivido de rosas té o claveles que cada uno extendiera con grandor de alma, acabó en el museo de las postales de familia. Apenas si hoy, en algunos adobones sobre vivientes, su presencia nos de tiene un instante. ¿Cuántos quedan, con gesto amical y melancólico? (Yo he mirado por algunos de ellos y he evocado la vida lenta consumida en el reloj de arena de las angustias, de las alegrías y de las voces ausentes).

 

Con los patios viejos he traído mi ciudad y la postal de su infancia. Miro en su paisaje, y estoy en su olor de tiempo y mentas, en su remanso de añoranzas y pasado. He visto los niños en las cuerdas de plaza y parque y digo: los patios ya no tienen bando. Han ido recogiendo, cual si fueran un pañuelo de sol, las cuatro puntas de su dulce intimidad.

 

Clementina Rosa Quenel.



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