LOS PATIOS VIEJOS
En la nueva sección de archivos que iniciamos desde revista Mundar, publicamos
hoy "Los patios de las casas viejas", texto escrito por Clementina
Rosa Quenel y publicado en el diario "El liberal" el 19 de mayo del 1945.
La autora escribe inspirada en una visita “La casa de los Taboada”, una joya
arquitectónica de la ciudad de Santiago del Estero, perteneciente al siglo XIX.
En su poesía
“Un patio” Jorge Luis Borges dice: "El patio es el declive por el cual se
derrama el cielo en la casa./ Serena, la eternidad espera en la encrucijada de
estrellas./ Grato es vivir en la amistad oscura de un zaguán, de una parra y de
un aljibe".
Hay también
en esta prosa una evocación sentida que nos convoca a la zamba de Ramon
Navarro, dice en su estribillo "Patios de la casa vieja, Color de siesta
soleada, Mate de largas tertulias, qué lindas cosas de cuánta". Creemos
que vale la pena asomarse a la lectura de este memorioso patio que hoy nos
convoca y porque no también acompañar la lectura de esta la maravillosa zamba.
LOS
PATIOS VIEJOS
Junto a
la ciudad han ido muriendo. Cuando esta sacó pecho sobre el asfalto, y los
caserones vastos, de cuatro horizontes abiertos ya no justificaron su antaña
presencia. Con la última instancia de la piqueta, aquellos patios circunferenciales,
-oh
girasoles familiares- fueron recogiendo cual si fueran un maravilloso pañuelo
de sol las cuatro puntas de su dulce intimidad.
Han ido
replegándose en el recuerdo. Paralelamente la ciudad ha erguido la moderna fisonomía
y en la necesidad impostergable de nuevas exigencias, ha terminado con el
litigio de presente y pasado, de centro a periferia.
Así,
junto a la ciudad han ido oprimiéndose, marchitándose. Así, ya no se presiente
la pausa del tiempo, la luz; luz de las luciérnagas, la luna; florecida luna.
Ya no se
distribuye la vida familiar junto al aljibe de roldana quejumbrosa, o al rosal
aquel que un día cualquiera vistió la primavera de púrpura y sol.
Ya no se espera la desnudez del otoño en las manos doradas que voltea la viña mustia. Ni llegan los fríos por la redonda llamarada del naranjo compañero. Ni se mira ir la tarde en la ronda infantil desplegada cotidianamente. (Si miráis por los ojos de alguna cancela veréis las figuras recortadas y la voz aún fonografiada): Buenos días su señoría Mantantero liro lá...(Asoma el viejo corredor su rostro surcado de vigas, y escribe el recuerdo en la péñola de su silencio).
Así,
junto a la ciudad nueva, el intimo perímetro de los patios va diluyéndose en
despedida. Pero el desplazar fue lento. Tal vez quedaba como una in- tención
secreta prendiéndose al encanto de las huertas interiores, o deteniéndose en
los dinteles de los caserones predestinados.
Tal vez,
al derrumbe del primer caserón de leyenda en más de un solar se guardaban
historias y reliquias del recuerdo, saraos, clavecín, espliegos. Fue como un
cataclismo que signó en el ánimo y en la realidad, las formas
perentorias.
Más
entonces, en el corazón alineado de la nomenclatura urbana surgieron los
parapetos duros, en otro dialogo de puertas y zaguanes. Y el viejo patio
terminó retaceado en cuatro macetas.
Los
patios viejos ya no tuvieron bando. Su ancha pulcritud, su convocar al
paisaje fué esfumando su destino. El encanto pequeño de las tertulias, el
mantón vivido de rosas té o claveles que cada uno extendiera con grandor de
alma, acabó en el museo de las postales de familia. Apenas si hoy, en algunos
adobones sobre vivientes, su presencia nos de tiene un instante. ¿Cuántos
quedan, con gesto amical y melancólico? (Yo he mirado por algunos de ellos y he
evocado la vida lenta consumida en el reloj de arena de las angustias, de las alegrías
y de las voces ausentes).
Con los patios viejos he traído mi ciudad y la postal de su infancia. Miro en su paisaje, y estoy en su olor de tiempo y mentas, en su remanso de añoranzas y pasado. He visto los niños en las cuerdas de plaza y parque y digo: los patios ya no tienen bando. Han ido recogiendo, cual si fueran un pañuelo de sol, las cuatro puntas de su dulce intimidad.
Clementina Rosa Quenel.