LOS ULALOS
"Los ulalos" es un cuento de Julio Carreras, publicado en su libro El Toqui (Quipu Editorial, 2019). Forma parte de una serie de cuentos y una novela corta (Las manos de Perón, 2015) que toman, como base común, mitologías europeas y sudamericanas.
En el Estrella del
Norte, llegó Eric Satie a Santiago del Estero, una mañana de agosto de 1918. *
Tranquilo, cruzó la ancha sala de la estación siguiendo a un simpático
changarín, que le explicaba cómo manejarse con los “mateos”. Salieron a un
resplandor que él nunca había visto: “el sol vive aquí”, se dijo.
Tomó uno de los
coches de plaza que se alineaban enfrente, bajo la suave sombra de árboles
frondosos. “A Villa Constantina”, indicó. “Calle San Martín 1412”.
Recomendado por un
amigo cordobés, tenía preparada ya su habitación en la casa de cierta familia
de barrio. Un muchacho le ayudó con las dos valijas.
A pesar de haber
sido largo, el viaje desde Buenos Aires no lo había cansado. Luego de algunos
minutos, la dueña de la pensión golpeó la puerta para preguntarle si prefería
mate o café.
‒Mate ‒contestó
Eric, quien ya había degustado ese néctar en París, gracias a un poeta
argentino.
Desde aquel
momento, todo sucedió con placidez. El almuerzo amable, compartido con la
familia que vivía en aquella casa, la larga siesta. Como a las seis de la
tarde, salió a dar un paseo por el barrio. Le encantó. Callecitas de tierra,
silencio, árboles desconocidos para él, bajos y coposos junto a las veredas.
Silencio. Tranquilidad en las gentes. Jóvenes y mayores conversando distendidos
en las veredas, frente a mesitas de madera o metal. En las que se veían
platitos con queso cortado en cubos, fiambres, masitas, pan, gabetas de
maderas, pavas y mates de plata.
Dos días después,
apenas terminó el desayuno, le avisaron que en la sala principal de la casa lo
esperaba su guía. Eran las ocho de la mañana. Eric sintió una agradable
corriente de entusiasmo. Fue hasta su habitación sólo para retirar el pequeño
maletín.
El hombre en la
sala era un joven muy bello. Camisa ocre, bombacha militar, botas. Sobre el
grueso cinto de cuero, junto a la gran hebilla, llevaba cruzada una cartuchera,
de la cual se veía salir la culata del revólver.
‒Qué tal, amigo.
¿Ya está listo para partir? ‒ saludó estirando su mano y fijando en los de
Satie sus transparentes ojos verdes.
‒Estoy listo...
señor...
‒Mi nombre es
Brígido Carreras ‒avisó el joven con voz gruesa. Afuera esperaban dos caballos.
La distancia no era muy larga. Llegarían esa misma noche.
A unos cien metros
vieron dos jinetes, que parecían esperar junto a la ruta. Declinaba ya la
oración y los objetos se difuminaban.
‒Pare un momentito
‒escuchó Satie que Brígido le decía. Lo vio entonces quitar del costado un
instrumento que reconoció como las boleadoras. Sin apuro, el joven fijó uno de
los extremos anudándolo en el cabezal de su montura. Luego extrajo un facón
reluciente de la vaina que llevaba, también sobre su cinto, fijada en la
espalda. El francés se sintió repentinamente aterrorizado. Como adivinándolo,
Brígido lo tranquilizó.
‒No se preocupe,
amigo. Esto se va a terminar rápido y a usted no le va a pasar nada. Vamos
ahora...
Dos hombres
vestidos de negro salieron a su encuentro. Se cruzaron sobre la no muy ancha
senda pedregosa. Sus caballos caracoleaban. Eran jóvenes, parecían muy fuertes.
Ostentaban una elegancia inesperada. Camisas blancas con cuellos bordados bajo
chalecos negros de terciopelo. Rastras y espuelas de metal.
‒Por acá no se
puede pasar... ‒dijo uno que llevaba en su mano el revólver desenfundado. ‒Son
campos de propiedad privada.
‒Somos huéspedes de
don Moisés Carol ‒le aclaró Brígido. Pero el guardián respondió:
‒Don Moisés Carol
no tiene autoridad aquí.
Entonces con un
movimiento velocísimo que a Satie lo estremeció, Brígido derribó al que llevaba
el revólver de un bolazo en la sien. Como un refucilo lanzó el facón hacia la
cara del otro, que cayó, también, agarrándose la frente de donde brotaba
abundantemente su sangre.
Satie estaba a
punto de desvanecerse; su asombro llegaría al colmo cuando viese que los
caballos de los otros desaparecían y los hombres derribados por Brígido se
metamorfoseaban... Convertidos en oscuras bestias, semejantes a cerdos peludos,
huyeron berreando. Y se perdieron entre los matorrales y la oscuridad.
Don Moisés Carol
también tenía ojos verdes, algo diluidos por la edad. Debía de ser un hombre
como de ochenta años.
‒Los llevaré
enseguida a la casa de los ulalos... ellos se muestran únicamente en dos
horarios, por las noches y a la siesta... ‒explicó el anciano.
Se internaron los
tres a caballo, por un senderito en el que cabían sólo en fila de a uno. Satie
percibió que descendían, aunque levemente. Al fin llegaron a un tupido lugar
del bosque, en el cual, después de pasar por una especie de hueco entre las
enredaderas, se internaron, a pie, por un largo corredor donde las paredes
parecían haber sido hechas sólo con apretada vegetación.
Entraron a un
espacio redondo, amoblado con estantes, sillones y mesas de piedra, iluminado
por antorchas sobre las paredes, también de piedra gris. En su centro, tras una
mesa, estaban dos pequeños seres que a Satie le provocaron un sobresalto.
En sus cabezas
calvas había ojos, narices ‒nimias‒ boca y bajo su mandíbula exhibían cuellos
muy delgados. Sus también delgados torsos se extendían en brazos largos por los
costados, con manos delgadísimas, de delicados dedos “como de pianistas”
apreció el francés. No parecían humanos, sin embargo. Bajo las camisas de sarga
se veía una piel grisácea, con tonalidades amarillas y verdes, que jamás
conociera antes.
‒Él es Eric Satie
‒indicó don Moisés Carol a los extraños seres.
‒¡Bienvenido!
‒contestó uno de ellos: ‒¡Lo esperábamos!
Satie sintió una
corriente de alegría interior que provenía directamente de esa voz, la cual más
bien parecía transmitirse por los pensamientos a su cabeza.
‒Nosotros somos
Sapa y Anyo. Ulalos. ¿Puedo tocar su mano?...
Satie se la
extendió.
El ulalo cerró sus
ojos al tomarla. Mantuvo entre sus dos manos la mano derecha de Satie y luego
de unos cincuenta segundos exclamó:
‒¡Mmm...! ¡Usted es
un hombre muy refinado!...
Así fue el primer
encuentro de Eric Satie con los ulalos. El 27 de agosto de 1918 en Sinchi Caña,
Santiago del Estero.
Luego de pernoctar
en lo de don Moisés, regresaron con Brígido a la ciudad.
Notas
1. Ulalos: personajes sobrenaturales, en los cuentos y otros textos de Moisés Carol.
2. Eric Satie:
compositor y pianista francés. Precursor del minimalismo y el impresionismo, en
la música de tradición académica.
3. Brígido
Carreras: comisario de Guampacha, departamento Guasayán, Santiago del Estero.
4. Moisés Carol:
autor de varios libros de cuentos, de poemas y dos novelas extensas: Lucro y
Enigma y La Gran Sequía. Redactor del diario El Liberal de Santiago del Estero
y el diario La Prensa, de Buenos Aires.
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