Madres en canciones

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Jueves, 13 de Febrero del 2020

Madres en canciones


Tenemos un puñado infinito de canciones para cantarle a nuestras madres! cada género musical tiene sus creaciones, su estilo y su toque particular.


“Mi vieja” ese rock inolvidable de Pappo Napolitano  es una reivindicación de la lucha de una madre jubilada, ¡Nadie se atreva a tocar a mi vieja, por qué mi vieja es lo más grande que hay! compuesta por  ese maravilloso guitarrista que andaba en su chopera a toda velocidad, pelos al viento y campera de cuero, ese mismo señor es quien  pone de relieve la ternura que lo deshace cuando “su madre lo va a despertar con el café y le lleva el desayuno a la cama”. 


En el tango,  la madre es una figura central, la cuestión psicoanalitica de si es edipica o no la recurrente evocación materna lo dejaré a criterio de cada cual. Lo cierto, es que la mujer/madre es venerada y no corre la misma suerte la mujer/novia un signo también del tiempo.  El “hijo tanguero” parte en su temprana juventud detrás de la Bohemia rioplatense, deambula en los cabaret y se embarca en  profundos amoríos, se reúne con los muchachos en la ronda cotidiana del café y la villa, se sumerge en los excesos drogas, el alcohol, el tabaco, la timba, el desengaño, la traición, sobreviene el desamor, el desborde, el exceso, la resaca, las penas, el desencuentro y al final de ese intenso periplo existencial, el tanguero anhela con todo su ser el regreso a los brazos  temblorosos de su madre, a esa mujer santa, abnegada, llena de perdón, que con cariñosos reproches lo abrigara en su regazo. En el clásico tango la “Casita de mis viejos”  escrito por Cadicamo el protagonista encuentra a su “viejita” enfermita y promete que nunca más ha de partir, por qué ¡solo una madre nos perdona en esta vida es la única verdad es mentira lo demás! Bettinoti en ¡Pobre mi madre querida! se lamenta de cuántos disgustos le ha dado a su madre y remata sobre la misma idea “es la única que nos perdona, es la única que no abandona” presente también esta mirada en “Madre hay una sola” de José de la Vega  “aunque un día la olvidé, ella me enseñó que a su amor siempre hay que volver, benditas sus canas, bendito su amor!” el tanguero finaliza su vida al amparo de su madre, al menos es lo que sueña.

 

Desde el folclore el “Chango” Rodriguez  perfecciona esta idea en la zamba “Volvere”...“un beso de luna me espera en el valle, mi rancho mi madre todo mi sentir”... el consuelo o la paz total tiene que ver con que al final del camino estará mi madre para acunarme. 


Un planteo distinto es el de Serrat  en su canción "Soneto a mamá" él le dice a su madre “no es que no vuelva por qué me olvidado, es que perdí el camino de regreso, mama”. Este  quizás sea el planteo más “maduro”  el cantautor catalán le explica cariñosamente a su madre que no va volver, al menos eso condensa la canción, no fantasea con estar con su madre al final de la vida, sino que le explica que ha tomado otro recorrido y va aludiendo todo lo que aprendió allí.

 

En el jazz Daniel Mazza sumo en su último disco “Trio Oriental” un candombe instrumental para su madre, cuenta entre risas que cuando se lo mostro a la homenajeada, ella le respondió un tanto desanimada ¿un candombe me hiciste? Desde ahí el compromiso del bajista uruguayo es componer una canción por cada disco para su madre, para que “ella elija la que más le guste”. 


Cada canción evoca un gesto materno inolvidable, en Peteco Carabajal son las manos pájaro que amasan el pan desde temprano, los trapos calientes en noches de invierno, la calidez, la sinceridad, la limpieza. Los olores a tomillo y a cocina que evoca Serrat, la lucha de una madre jubilada reivindica Pappo.  El amparo materno a lo largo y también al final del camino en el tango de Bettinoti, Cadicamo y De la vega.  Palito Ortega vio la sonrisa de su madre en la flor, en el sol que brilla más. “En el mundo no hay ternura que se pueda comparar” la certeza de un lazo inquebrantable, de algo eterno que también marca el Chango Rodriguez en su zamba. 


Tengo la dicha de compartir la crianza con mi compañera Carolina, y allí aprendo  como va haciéndose una madre en el encuentro cotidiano con su hija y en la gestación con sus hijos (mellizos).

 

De las canciones se desprende la maternidad como una trama que se teje y desteje en aquello que parece diminuto y de todos los días, allí está el amor que uno celebra: la palabra que nos estremece, el recuerdo que nos marca para siempre, un lazo social y amoroso que se construye y es algo que probablemente no escape a nadie, en algún momento de la vida nos atravesó un gesto maternal que muchas veces trasciende lo biológico. El poeta Felipe Rojas dice “y en el beso de mi madre subí a cabalgar mis sueños”. Raly Barrionuevo habla sobre la casa de su madre, “guarda espacios de nostalgia, jugando en sus rincones se ha quedado nuestra infancia”. 


Andamos  amparándonos sobre la presencia o ausencia de nuestra madre. Leo Dan le pide a dios rezando “que su mama no se muera, que viva dentro del rancho como estampita si quiera”.  El recuerdo, la anécdota la traerá.

 

Y como no va estar permitido poder fantasear que en el final de los días en este lugar o vaya saber en cual, recibiremos el beso en la frente, la caricia en el cabello, el gesto reprobatorio, o al menos la mirada que tanto pide Tejada Gómez a su madre en la  canción “Primera Soledad” ¿Cómo me voy a morir sin que mi madre me vea?



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