MARADONA

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Sábado, 28 de Noviembre del 2020

MARADONA

Era un pibe que se había visto envuelto en una danza, tras largas conversaciones con la pelota: esa tecnología de cuero zurcido y aire comprimido, y que había soltado con fuerza el hilo del trompo sobre ese asfalto gris que pasaba junto al barro de la cancha del barrio. Y el impulso lo hizo girar por años, hasta que de la autopista volvió al barro, en su perentoria caída final. Y la tierra recibió su don de buen grado y con cariño. Bailarín de pases, paradas y gambetas, era un pibe que, de tanto conversar con la pelota, se hizo malabar entre rebotes y jugadas creadas en el aire. No fue otra cosa. El capital tuvo que ponerle un precio muy alto a las artes invaluables, y contó millones para la compra y venta de ilusiones y de sueños tan lejanos. Quiso así perderlo en sus comercios y quitarle el centro. Pero él era nuestro. Era el arte del fútbol en manos del pueblo que todos celebramos. Y allí, en nuestros cuerpos, su corazón hacía la jugada y era el trompo que giraba y giraba, la pelota encantada que no tocaba el piso y en el aire nos dio el toque final al fondo del arco en que nos fuimos con él. Nos fuimos todos y no volvimos más. El capital creyó, con los retazos, que iba a poder envolverlo y devolverlo en su triste góndola gris, pero no estaba, su envoltura eran las vueltas del planeta que bailaba y nosotros, que le hacíamos la rueda, y volamos con él hasta el olvido en que duerme en sus latidos el corazón que no ves. Ese que en el pibe, mientras sus pies conversaban, cuidaba, en el sordo ritmo de los astros, el canto y la alegría, esta fugaz estela que dejamos cuando pasamos y nos fuimos con él. Era un pibe que hacía bailar una pelota. ¡Qué bueno fue el asombro y la sonrisa que nos dibujaron el rostro con su indomable pincel!





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