MARADONA TIENE LA CULPA
Tal vez si no se decidía morir, esta congoja planetaria no tendría lugar.
Entonces, para empezar, echémosle la culpa. Como lo hicimos siempre, de las glorias
y de los desastres, de lo que salía bien, y era entonces un legado suyo; y de
lo que salía para la mierda y era, entonces, culpa de Diego por habernos
acostumbrado a la magnificencia, a lo excelso, a lo insuperable. Una mala
costumbre insalvable de creernos el pueblo elegido, el timón de la humanidad,
porque lo teníamos de mesías, de profeta o de pecador.
Pero no perdamos el foco de la culpa, de la responsabilidad de ese
hombre, de la incumbencia que le toca por habernos malcriado desde tiempos inmemoriales,
desde siempre, porque décadas antes de que Doña Tota decidiera traer a Maradona
al mundo, nosotros, argentinos y argentinas, ya veníamos probando deidades y
gardeles. Porque sabíamos que más temprano que tarde Maradona vendría, porque
es la esperanza de todo pueblo de fe. Lo saben bien los cristianos con Cristo.
Lo saben mejor los musulmanes con Mahoma. Y lo sabemos nosotros, los ardidos y
pudientes, los despoesíodos y los resucitados, porque Diego nos hizo creer. Y
he allí la culpa, su error, su gazapo. Su imperdonable yerro.
Y nosotros, hombres y mujeres de
materia, de descompostura y de deriva; jueces incompetentes ante el destino
ajeno, teníamos siempre una sentencia entre las manos para él. Nos fue quedando
grande la dimensión de Pelusa. Pensábamos poder contener sus auras y contener
nuestras delaciones para no aventarlas al estrecho mar de los prejuicios mundanos.
Pero no pudimos, porque si de pecar se trata, podemos hacerlo impúnemente toda
la vida. ¡Ah, pero cuando lo hacia ese negro de Fiorito! tenía que colocar su gollete en el cadalso, teníamos que terminar con esa errante vida,
doblemente errante por negro y por triunfador.
Diego decidió volver a sus aposentos celestiales, desde donde una
congregación (a la que pertenezco) decide venerarlo con acusaciones y
disculpas, con lágrimas de niño torpe que deja escapar arena en las manos, con
la caladura honda de una desaparición irremediable, de deudas impagables, de
incontables anhelos y delirios de verlo, porque de verdad era alcanzable. Un
dios sucio, alcanzable, tangible. Porque nos sale bien el juicio en el otro de
la carencia propia. Porque un dios no tiene derecho a marrar, a pisar en falso.
Nosotros sí. Los de abajo, los mortales fundadores de las creencias. Porque si
yo se te creo, no puedes fallar. No admito que mi dios sea parecido a mí. Y si
lo es, si se le ocurre vagar por las penumbras por las que anda todo
trashumante, entonces ya no es mi dios solamente. Es mi hermano, mi padre y mi
amigo, un hombre cualquiera que denosta silencio en su divinidad.
Pelusa, de Segurola y Habana 4310, 7mo piso, el que había que ver si
se le aguantaban los 30 segundos, ha firmado un pase instranferible a la
perpetuidad de los tiempos. El mejor jugador de todos los tiempos, del deporte
más popular de todas las eras humanas, nos ha dejado. Y la orfandad lastima
tanto que no nos permite comprender las verdaderas dimensiones de una
crucificción lenta, agitada y celestial.
No hay punto de procesamiento para la carencia que nos deja Maradona al
irse. Si se habría muerto un artista, como tantas veces ha sucedido, se lo
recordaria por sus obras, por todas las creaciones que dejó en su paso por la
tierra; si lo hiciera, así, tal vez, un revolucionario, se depuraría un
recuerdo notable de su gestión política, de su astucia para ejercer la palabra
de los explotados, del harto amor a su pueblo y si el fallecido seria solo un
deportista, el que fuere, pasarían sus glorias deportivas instransferibles,
recordadas en las retinas más emocionales de la gente. ¿Pero cómo procesamos la
muerte de un tipo que es todo a la vez, que parece que de todo algo le falta y
todo le sobra, de un muchacho que lució su hombría pobre, villera y descarnada
ante un mundo de marfil y delicadas porcelanas exhibidas en impenetrables y
suntuosos salones de la existencia que él rechazaba desde Cebollita? ¿Cómo lo
hacemos? ya que Diego fue todo eso... el deportista más sobresaliente de todos
los ciclos, el mejor jugador de la historia, un revolucionario indiscutido que
jamás escatimó aciertos, que vio la mecha intacta y reluciente (siempre) y
sabía de qué lado estarla. El mejor amigo de Cuba, el hijo de Fidel. El homo
sapiens sapiens más conocido y venerado después de Jesús. El sujeto planetario,
el internacional, el dueño de todas las nacionalidades. El argentino más
argentino de todos. El mejor amigo, dicen que dicen, que cualquiera pudiera y habría querido tener. “El más humano y sucio de los dioses”, como lo llamo Galeano.
El justiciero de toda guerra injusta. El delegado de todos los pueblos
oprimidos del mundo. El tropiezo, la caída y el pararse otra vez. La esperanza
de un pueblo apostatado. Diego. ¿Por qué no decidimos, por fin, guardar la vara
moral con la que osamos toda la vida medir a Maradona? Vara que ni siquiera
usamos para medirnos nosotros mismos.
Probablemente nuestra argentinidad sufra otra de sus grandes crisis de
identidad. Porque también los argentinos somos eso, pueblo, identidad, colores,
camiseta, lealtad. Y Diego, que era la Argentina misma, podía ejercer la síntesis
más inclaudicable de los tiempos, la perfecta definición humana de nosotros.
Maradona,
que hizo de su vida lo que podía, hizo de la nuestra la mejor que se pudiera.
Probablemente ni siquiera lo merecíamos. Sin embargo, como dios no pregunta,
solo ayuda, solo bendice, Diego descendió el 30 de Octubre de 1960 para
bendecir este pueblo, esta patria, estos humildes, este pedazo de suelo
devastado.
Entonces no demos muchas más vueltas. La culpa es de él: nos acostumbró
a tenerlo para siempre, a estar al alcance de la mano del pueblo argentino, al
ruego básico del rodado de la pelota. Nosotros mal, también. No advertimos el
engaño. Un dios mentiroso, que nos acometió la idea de la prolongación eterna
en la tierra, y nosotros que compramos. Porque lo amamos y somos un pueblo de
fe.
Hoy mi fe se quedó sin Dios. Diego Armando Maradona, el pibe de oro, se nos fue. Y nosotros, todos, nos vamos un poco con él. El hombre que llevó a nuestra nación al punto más alto y digno del mundo, acaba de pasar a la inmortalidad. Inmortalidad que era ya harto asumida porque se sabe, bien se sabe, que D10S no muere. Solo retorna al edén a donde corresponde.
