ME HAN DICHO QUE PIENSE CON EL CORAZON

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Domingo, 3 de Noviembre del 2024

ME HAN DICHO QUE PIENSE CON EL CORAZON

La reseña que publicamos hoy, recorre y reflexiona sobre el poemario: “La pelota de la Luna”, reeditado por Mundar en el año 2023. Estas palabras fueron escritas en vida de Jorge Rosenberg. A pesar de que la pelota tocó el suelo, el poeta ya es aire de esta tierra.

 

Es el comienzo de un célebre poema de Dylan Thomas, si los faroles brillaran.

Con el correr de los años se ha vuelto moneda preciada pero común emparentar las figuras de Jorge Rosenberg con la de Roberto Arlt, aunque  ajustado seria señalar que las aguas fuertes del segundo han cedido a la hondura de los zocos del primero. Pero no es solo a través de la narrativa como Rosenberg viene embelleciendo el mundo, sino también a partir de la poesía, género que eligió, hace 30 años, para publicar el libro que hace muy poco tiempo obtuvo su primera reedición, de la mano de editorial Mundar: La pelota de la luna.

Señala el poeta Francisco Avendaño, en el prólogo a esta reedición, que la obra puesta a circular nuevamente, más que suscitar un clima elegiaco habilita la re-existencia de paisajes, nombres, perfumes y sentires, para así lograr despertar el tiempo suspendido entre sus páginas.

Vuelvo al poema de Dylan T, a los versos del remate:

He oído el contar de muchos años /y muchos años tendrían que atestiguar un cambio. /La pelota que arrojé cuando jugaba en el parque /aún no ha tocado el suelo.

Unos versos del poema de Rosenberg, el cual pone título a este libro, dicen así:

 

puedo ver la pelota alucinada/que siempre llega a sus manos/ cuando no suceda mas/ cuando no pueda sujetarla/ una bola de fuego caerá sobre mi infancia/ y yo estaré muerto.

 

Rosemberg en el espejo de Dylan. Dylan en el espejo de Rosenberg. Hay una presencia del tiempo transcurrido, de eso que llamamos pasado pero que en el poema adquiere el estatus de gratitud presente, hacia todo aquello que hizo del poeta su ser esencial y forjó una identidad imborrable.

En esta línea, refiere Alicia Genovese que la poesía contribuye a  "posibilitar el hallazgo y que el poema sea revelación del yo a uno mismo". Y en ese punto el recuerdo, la memoria, el pasado cumple una función vital.

El pasado opera como apeiron[1], como origen de todo,  remonta al poeta a su memoria, permanentemente, como hacedora de esos mundos sutiles pero indestructibles de la infancia. 

En este punto le robo a Saer, a su entenado:

“Recuerdos que más que imágenes son estremecimientos, nudos sembrados en el cuerpo, como palpitaciones, rumores inaudibles, como temblores […] El momento presente no tiene más fundamento que su parentesco con el pasado. Únicamente lo que se asemeja es aceptado.”

Vuelvo a Genovese: “Lo íntimo se convierte de lo más secreto en aquello que puede vincular y fundar más profundamente, a la vez que justificar y provocar, su unión con el otro "

La pelota de la luna es una invitación a habitar una comunidad de sentidos y vivencias, de territorios delimitados o no, donde el pasado hizo del poeta no solo la persona que es sino, y más que nada,  aquel ser humano que abre el mundo para el prójimo desde una escritura intima.

Dice Rosemberg en el poema Momento final:

 “cierta noche un león se instala en el poema/ recorre lentamente la sintaxis/ clava en sus ojos la semántica/ nadie pone límites a la feroz tenacidad/ el león vuelve feliz al dueño del poema/ entonces la memoria comienza a gemir…”  

John Keats, el gran poeta inglés del romanticismo, en unos versos sobre el arte poético, el suyo, personal, decía:

“A él el grito del tigre/le llega articulado y se abre paso/ como lengua materna en su oído".

 

El recuerdo tiene en “La pelota de la Luna”  el poderío de una mujer que le dice al oído del poeta las palabras más bellas de un mundo que, si bien es pasado, está muy lejos de dejar de existir. Se articula, gime, ruge; enlaza la hoguera de la memoria con el frio del presente para inaugurar el frágil pero necesario territorio de un poema que promete vida y futuro:

“pero mi mano ha dado vuelta una baraja/ para seguir viviendo” (poema 23 de junio).

 

El poeta recolecta recuerdos como quien busca su alimento. Bucea en el archivo de la memoria emocional y encuentra el enlace que habilite el habla. Que diga su palabra. El poeta sale de la belleza de lo vivido hacia la plenitud de lo escrito. 

 

 Dice:

Por donde yo voy camina mi pasado/ la vida corre vertiginosamente al revés/ no hay rastros de tiempo intermedios/ vuelve el silbido del afilador sobre la siesta dormida

 

Hay poemas donde, al decir de Arturo Carrera, es necesario “apoyar el oído, estar atento, disponible: pero apoyar incluso como auscultando algo, en ese punto donde la escucha deviene tacto.”

Es casi un lugar común afirmar, con respecto a los paisajes literarios de Jorge Rosenberg, aquella idea de la ciudad perdida, extraviada en los recovecos de un tiempo muerto, imposible de develar de entre las luces y despojos de la ciudad que hoy anuncia ser. En este sentido, más que una ciudad perdida se trata de un tiempo, no extraviado sino suspendido, como afirma Avendaño; un tiempo que espera del poeta la activación del latido para volver a ser, para que habite sin más el silbido del afilador en las calles de una ciudad que será por siempre la misma, mientras el poeta comulgue con su comunidad la memoria de su suelo.    

Jacques Ranciere sostiene que “hay una dimensión política de la experiencia sensible de una comunidad y que el arte no es una actividad separada de la vida que elabora su propio sentido. El arte, la poesía, participa de una reconfiguración del paisaje de lo visible, de la relación entre el hacer, el ser, el ver y el decir". El oír. La decisión de palpar el silbido del afilador en una siesta de barrio es el acto político fundamental  que debemos practicar como pueblo para perpetuar esto tan hermoso que llamamos Santiago del estero.

 

Al final de cuentas, y vuelvo a Arturo Carrera "se trata del desarreglo de los sentidos esclerosados en la costumbre de ver lo mismo y el desacomodamiento de la discursividad vacía y reiterativa". El desbarajuste de un  presente sin nuca podría agregar.  Hay un inicio de un zoco que resume con la mayor sencillez y contundencia esta idea del pasado y dice, a través de un dialogo entre Jorge y su hija —palabras más palabras menos— lo siguiente:

— Pa, ¿porque te gusta todo lo de antes?

—   porque no me gusta nada de lo de ahora, responde Jorge.

El presente solo puede ser reivindicado como hijo de un pasado, jamás puede ser actualidad sin más. Aunque sea solo ceniza del incendio colosal que es un recuerdo, siempre algo quedará.

Vuelvo a Saer: “Yo era arcilla blanda cuando toque esas costas de delirio, y piedra inmutable cuando las dejé”. El tiempo nos moldea para ofrecer a la tierra que nos cobija todo esto que somos y decimos ser. La poesía de Jorge, como el golpe de Miguel Ángel, nos ordena hablar, ¡Parla!.  

Según nos refiere Arturo Carrera, hay una carta que escribe Pasolini a Peter Dragaz de donde afirma que no escribe poesía “porque he perdido el destinatario”.

 La reedición de La pelota de la Luna, a 30 años de su publicación, es la confirmación de que no hay nada perdido, ni la ciudad ni los lectores, y que para fortuna de todos la pelota de fuego sigue suspendida en el aire.

  

 Ezequiel Alvarez, 29 de marzo de 2023.



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