NAVIDAD, EL MITO Y EL RITO
La Navidad me lleva a la
biblioteca, especialmente a un estante rotulado TIEMPO que reúne obras sobre
este tema. Anoto la Breve historia del
tiempo de Stephen Hawcking y En busca
del tiempo perdido de Marcel Proust. Sin olvidar a los futurólogos de todos
los tiempos que incluyen personajes tan variados como Nostradamus, Wells,
Verne, Lem o Kubrik entre tantos otros.
Pero elijo el Manual de viajes en el tiempo (Anónimo, 1928) que en su aforismo
2.3 dice lo siguiente:
Aunque
el tiempo en general es infinito, el tuyo propio es particular y por tanto
único. Comienza por ahí.
Entonces salí a caminar por mi pequeña
historia, en la que recuerdo más de una Navidad.
Papá armaba el arbolito en un ciprés que él había plantado, a
unos diez metros de la casa. Estaba adornado con guirnaldas de colores, globos
y estrellitas colgantes.
El pesebre, María, el niño al centro en una cunita y a la
derecha San José.
En
la mesa navideña: importa más el prolegómeno que la comida propiamente dicha:
turrón duro y blando, garrapíñadas, higos secos, nueces acompañadas por el
cascanueces, clericot que se servía en una jarra grande donde flotaba la fruta.
La sidra merece unas frases en las que quisiera usar las palabras efervescencia,
corcho y ¡pum! Luego el azar, a quien le caía le sucedería algo especial.
Cuando era chico vivía el ritual de la Navidad como un día de
fiesta. Su sentido lo fui comprendiendo más tarde. Primero supe que recuerda el
nacimiento de Jeshua en Belén, localidad ubicada en la región de Nazaret, antes
Canaan y hoy Palestina, en algún momento del año 0.
Leo otros libros y me entero que no se sabe con precisión la
fecha del nacimiento pero sí las razones por las que se eligió el 25 de
diciembre. Fue hacia el siglo V cuando el emperador romano Julio estableció
esta fecha para cristianizar las fiestas en honor al Dios Saturno, llamadas
‘saturnales’.
Saturno gobernaba las cosechas y se lo honraba al terminarlas,
después de la siega, apenas comenzado el invierno, mediante una semana de
fiestas y alborozo en la que hasta los esclavos tenían libertad. La Navidad fue
impuesta para reemplazar una celebración popular de largo arraigo por una
ceremonia de tipo religioso.
Ubicamos entonces la Navidad durante el solsticio de invierno,
que tiene lugar entre el 21 y 22 de diciembre en el hemisferio norte; allí son
los días más cortos del año y también los más fríos.
Es justo lo contrario de lo que sucede en el hemisferio sur,
donde en esa fecha los días son largos y hace calor, porque estamos en pleno
solsticio de verano.
Vemos que la celebración se ha trasplantado como parte del
paquete cultural europeo que trajo España durante el período colonial y hemos
adoptado como propio.
La Navidad es hoy un complejo pluricultural que vivimos a
nuestro modo. En la mesa se intercalan turrones nutrientes para el frío con
bebidas sacadas de la heladera; el arbolito está representado por una conífera,
el ciprés, un árbol exótico en las pampas; el atuendo de Santa Claus ya nos
hace transpirar.
Pero ese es el rito. Vamos ahora al mito que lo sostiene
comenzando por los orígenes, que sitúo en el saber del pueblo, su folklore, que
encarna la tradición forjada en siglos. Las sociedades agrarias disponían de
una cosmovisión integrada a la naturaleza, ya que sus ritmos regulaban la vida
diaria, entre ellas el trabajo y la comida.
Como ejemplo, en Santiago se respetan aun las figuras míticas de
la Madre del Río (Mayu Maman) y la Madre del Cerro (Orko Maman), del Señor del
Bosque (Sachayoj) y de la Pampa (Pampayoj).
Las sociedades que dominaba el Imperio Romano del siglo V eran
principalmente rurales, formadas por labriegos a menudo esclavizados. Pues
bien, ellos veneraban a Saturno, dios de la Agricultura y el Tiempo. Cuando
empezaba el período seco y frío le pedían que en la próxima campaña se mostrase
generoso y los bendijese con lluvias oportunas.
Veo aquí un curioso paralelo con otro ritual propiciatorio que
se practicaba entre los siglo X a XII en Santiago, cuando los pueblos nativos
fueron asentándose en aldeas en las costas del río Salado, donde combinaban
caza y recolección con agricultura. En el tiempo que disminuían las aguas había
que pedirle al río que en el verano viniera cargado.
De entonces proviene la costumbre surgida entre los clanes
tribales cercanos de reunirse en Mailín en los meses de invierno en una
verdadera ceremonia de encuentro de alcance regional, quizá la única en el año
en que se juntaban con los vecinos del río Dulce.
Llegaban caminando en una jornada con sus bolsas y acarreos para
mercar. No faltaban oraciones, música y canto. Había ánimo de fiesta, qué duda
cabe. A la ceremonia la dirigía la dueña del lugar, una machi (chamana o
curadora) que había heredado los poderes del oficio. Orestes Di Lullo nos dice su
apodo en las leyendas que escuchó: la Bruja de los Bañados.
Años después de la entrada colonial este ritual local (pagano, o
del pago) fue reinventado como celebración católica bajo la figura del Señor de
los Milagros. Algo semejante sucedió en el caso de San Esteban, según la
interpretación de Bernardo Canal Feijóo.
Concluyo, ya no desde el pasado. Con todas sus facetas, es una fiesta, un anuncio, un pedido, un pensamiento íntimo. En mi caso me inspira el nacimiento, que es tanto de vida humana como brote de semilla. En la mesa veo la hermandad antes que la comida. Doy gracias de vivirla.

Alberto Tasso, Estampa en tinta S/F.