NOS TENEMOS EN LA MIRADA
¿Con
la sangre de quién se crearon mis ojos?
Donna
Haraway, 1995
Es verano, mar, lentes polarizados y desde el
privilegio de una reposera hablo con una una mujer que estoy conociendo en
ocasión de amigues en común, que nos reúnen en vacaciones de verano. Es
oftalmóloga, yo psicóloga, ya tenemos en común por ahora ser profesionales,
mujeres, en el ámbito de la salud. No tardamos mucho en llegar a puntos óseos,
por atajos, muy cómodamente: Llegamos a
preguntas frecuentes: ¿Que acción correcta nos debemos permitir para salir de
la rutina?; por qué nos quedamos en espacios de trabajo donde el poder convive
en forma de jefe, de pariente, de institución?; Cómo hacer más largos y
redituables momentos placenteros y pocos rendidores? ¿Cuáles son las preguntas
correctas que debemos hacernos? Etcétera
etcétera
Hablamos de la gimnasia del
ojo, de que no garpa, porque no implica medicación que sí garpa; de la preparación
del tejido del ojo que hace posible un trasplante; de que es posible prevenir
dolencias de la mirada. Le pregunto si sus pacientes hablan sobre qué les da
placer mirar. Me cuenta que con ella hablan del padecimiento orgánico y
subjetivo, de que llegan con bolsas llenas de gotas y le siguen pidiendo “que
les de lágrimas porque otra vez les lloran constantemente los ojos”. Que son
ciclos. Mujeres que vuelven reiteradamente: “-doctora otra vez me llora”. Ella
les dice: -“ en vacaciones no les va a llorar”. Y claro, se confirma la pre-visión.
La conversa nos pone en común.
Tenemos pacientes que lloran y a las que les lloran sus ojos. Y a las que
escuchamos. Y nos preguntamos a qué le estamos poniendo la mirada, también
cuando escuchamos. Y nos reposiciona para pensarnos en cómo nos miramos en
nuestra propia vida.
Nos suceden encuentros
frecuentes donde ponerle la oreja a la otra, nos
ubica en los mismos puntos pivotes donde vamos armando un escenario que nos
pone a construir puntos de vista y otra posible escena por mirar, por atender.
Nos sucede porque el sentido
de la mirada de muchas mujeres es cuidadosa y abarcadora y nos reapropiamos de
esa lucidez.
Sin Perdernos de vista
Las conversaciones con varias
de mis amigas de principio de año fueron muy coincidentes: Parar un poco. Cambiar
el ritmo. Renunciar a algunas tareas. Hacer tracking una vez por mes., No
amargarnos. Coincidencia de desilusiones. De hartazgo en espacios de militancias
“-Te puedo pasar mi mejor meme que dice: “Te ofrezco mi servicio anticouch de
vida:Te explico por qué la vida no tiene sentido”.
Nos llevamos el apunte en esos registros
parecidos. Queremos volver a nuestra adolescencia enlatada por un rato. El
feminismo también a veces nos rompe los ovarios. A varias nos cansa la
suposición constante de sororidad homogénea entre mujeres y/o disidencias. La
ilusión de redes siempre amables, de alianzas seguras. Nos hemos chocado con
muches con tremendas logísticas patriarcalizadas por todos lados. También seguimos
aprendiendo los circuitos y modos de algunos feminismos organizados que hacen
mucho bien y mucho mal. Pero quiero
decir que está bueno detenernos y hacer conciencia en las microposibilidades o
micropotencialidades en lo que vislumbramos. Es ahí donde es que estamos en un
universo común, donde podemos apoderarnos de una cosmovisión pragmática, que
nos acompaña y nos salva, donde podemos cobijarnos al encontrar una experiencia
pasada y una práctica de coincidencia. A veces más en las afectaciones que en
los hechos, aun cuando entre nosotras pareciera que no tenemos "nada que
ver".
Nos la vemos venir.
¿Tal vez “el ojo” sea el
terreno corporal menos conquistado? “Quien nos quita lo mirado”? Hay un
registro afectivo cifrado en el cuerpo del padecimiento y del placer, ambos nos
sirven para un saber seguir mirando colectivo e histórico.
La historia de las luchas
revela que las mujeres miramos en profundidad. Que al registro de la mirada le
quepa ser enigma, que pueda ser singular, que nos lo permitamos, que esté
despejado el campo visual de ordenamientos, que podamos despojarnos de lo
propio en la mirada, que sea una entrega, que las secuencias de lo que se
pretenda ver sean únicas y delirantes, tendrá que ver con esa latencia
empática, donde podemos suspendernos en lo propio para poder leernos entre
nosotras. Reanimar el poder de leernos en lo que es importante para ampliarnos
el mundo.
¿Cuál es la mirada que permite
otro mundo, o en otro sentido, en dónde se enfoca la escucha? ¿Qué hace la
diferencia?, Qué mirada posibilita el despliegue de una subjetividad? ¿Qué
desregula y visibiliza lo velado? Nos estamos preguntando por nosotras y por
las otras, nos estamos descifrando, ese es el movimiento: una misma fuerza de
vivencias enmarañadas históricamente que nos lanzan al encuentro. Todas nos
hemos escuchado en narrativas sobre experiencias de violencias y en las que
“nos la veíamos venir” o en lo que presumimos la violencia, aunque nos agarró
estáticas, pudiendo luego ponerle signo, a una intuición que luego hace insight
repentinamente. Nos pasamos la caja de herramientas para saber hacer con eso.
Muchas veces la simulación, la actuación o mensajes en códigos que podemos
captar y darnos rescate. Un legado que es saber latente ante la otra que está
allí, que puede darse permiso y constituirse como un indicador, porque hay también otros miles en el mismo cuerpo
trémulo ante el peligro.
Tenernos en la mira
Llamo a una colega a quien
conozco de vista y necesito comunicarme. Intento dar explicaciones de quien soy,
luego de una reunión con una especie de jefe atropellador de turno. Me dice
repentinamente: ·-“Ya se quien sos vos!!, -estabas con el barbijo, nos
miramos y con esos ojitos indignados me dijiste todo!!· Y nos reímos un
montón.
En situaciones cotidianas y
espontáneas, nos percibimos en un trasfondo de posibilidades que implican no
sentirnos solas. También lo estamos, Y lo sabemos. Más aún en los momentos
bisagra por donde hemos pasado desde que fuimos niñas y ya no lo somos, donde
somos madres o no los somos, donde somos pareja o no lo somos, donde trabajamos
y donde no podemos trabajar, etc, Es decir, donde la tirantez binaria nos
tensa, siempre.
Pienso que decimos que nos
tenemos, porque nos sentimos afectadas en una zona de entendimiento. Porque
podemos ponerle el ojo atento a la otra porque estamos atravesando o hemos
pasado por las mismas miradas inquisidoras y mandonas. A veces vislumbrando
fugas que, aunque no las hayamos tomado aún, las
tenemos en la mira. Las intuimos, las construimos y alguna nos indica la
dirección cómplice hacia la aliviante zona de indefiniciones.
-“Será por esa frase que nos
gustó tanto a las feministas la película del libro de Ferrantes: La Hija
Oscura. ¿Cómo era? ¿La atención es la forma más rara de la generosidad? o las
más pura? ¿O las dos?
Si la atención conlleva un
saber, es un saber que no intenta definir ni desestimar qué es un padecimiento
o un placer. La mirada en ese saber comprensivo pero que además conlleva la
posibilidad de abrir paso a la pregunta y no cierra sentidos. Comprender desde
el gesto; en el pie para la palabra, en la sorpresa, en el descubrimiento de la
complicidad, en advertir la angustia en la otra, el momento opresivo, la
dificultad ante el imperativo, la incomodidad en la piel, en generar el
espacio, la puertita de salida, en indicar la llave, en señalizar el refugio,
en dar el lugar que alivia. Es un saber que subyace en un espacio de
resonancia, encontrando bifurcaciones inéditas, aunque sin saber qué es “ser
resueltas”, saber seguir con el problema en el sentido más noble, nos dice
Donna Haraway.
Una Óptica es una política de posicionamiento, una ética del cuidado. Entonces allí cabe vernos en la ambigüedad y la mezcla sin definiciones. En la magia de sentirnos acogidas al mirarnos, sin tanto requisito.