NUESTRO TEATRO, NUESTRA PESTE

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Martes, 20 de Abril del 2021

NUESTRO TEATRO, NUESTRA PESTE

Cuatro mujeres en una vereda de Frías teatran a mujeres del siglo XIX en abril del XXI, ellas declaman, sufren, se encogen, ríen e interpelan a un público con barbijo. Cae la tarde  se levanta el telón, lo llaman Teatro a Cielo Abierto. Me sirvo un Campari y en el sillón donde trabajo cada día, donde hago deberes de tercer, y ahora cuarto grado, en el sillón que me tiene de rehén, después de pagar 300 pesos me presto solícita a ver en múltiples pantallas de mi pequeña nootbook una propuesta teatral de una de las directoras de teatro más interesantes de los últimos veinte años. Sin barbijo, con mi trago, descalza y en casa, el teatro me emociona. También estuve en el teatro de verdad, en uno de las pocas salas independientes autogestantes sobrevivientes que tenemos en Santiago del Estero. Le conté a un amigo la alegría con la que me vestí porque iba al teatro, nosotres los bichos teatrantes sabemos de esa estúpida felicidad. Y ahí estaban la botellita de alcohol en gel, los barbijos y sus variedades estilísticas, la mesita que te recibe, el papelito, las sillas y butacas con gente mirando pa delante y esta actriz hoy escribiente reconociendo caras figuras, disfrutando el rechinar de las tablas mientras el actor acusado camina y grita, disfrutando la penumbra y sus razones la luz y sus revelaciones. La obra termina amanece el aplauso y miro a los amigos con los que fui, todos los barbijos esconden sonrisas pero los ojos no mienten. Las actrices y el actor reciben saludos y las ansias del abrazo, del beso, esas raras costumbres que nos atravesaban y que ahora existen en la clandestinidad o con la premura del mal hacer, esas ansias están ahí manejando los cuerpos en una gestualidad tan potente, tan teatral. Somos la escena. Me acerco un poco más de lo permitido a una de las actrices y me dice (de lejos y susurrando solo para mi) “si no hacía teatro me moría”. Y yo se que es verdad y sé que es mentira.

Si no hacemos teatro se muere el teatro mientras vivimos estas inútiles vidas.

El hacer ser teatro es múltiple, ya no discutimos el espacio ni las razones, sabemos hace mucho, mucho tiempo y trabajo compartido que hay teatro cuando se multiplican las razones y los espacios.

Sabemos que apoyar a las salas de teatro es promover actividades disímiles no solo al teatro como actividad. Sabemos también después de mucha frustración y pérdida que teatrar es hacer en comunidad. Nos ha costado tanto encontrarnos y hacer posible lo comunitario, tanto cuerpo y cuerpa puesta en juego para acordar,  que cuando nos desarmamos, cuando una sala se pierde o un grupo desaparece en el tiempo, entonces sabemos que Brook tiene razón y el teatro es mortal.

Sin la acción demorada, simple, costosísima, de la función de fin de semana en algún espacio oficial, alternativo, causal, mega. Sin esta necesidad de pacto entre el espectador que el sábado a la noche saca su entrada para ser capturado por una arenga inútil de rostros, disfraces, contactos y miradas que en el mejor de los casos lo emocionará por algunos minutos. Sin este hecho teatral esencial y reo. Entonces nuestro teatro será pasado.

            Es necesario sobrevivir. Es necesario revolver las historias que queremos contar. Es necesario sentarnos a discutir en cada grupo sobre los placeres más hondos y las angustias de la sed. Es necesario recordar, declamar  gritar el poema. Es necesario pintar nuestras caras de muecas engañosas y caminar  la improvisación. Es necesario el teatro minúsculo y audaz.

Es imprescindible la valentía.

 

Eva Gardenal, actriz. 



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