NUESTRO TEATRO, NUESTRA PESTE
Cuatro mujeres en una vereda de Frías
teatran a mujeres del siglo XIX en abril del XXI, ellas declaman, sufren, se
encogen, ríen e interpelan a un público con barbijo. Cae la tarde se levanta el telón, lo llaman Teatro a Cielo
Abierto. Me sirvo un Campari y en el sillón donde trabajo cada día, donde hago
deberes de tercer, y ahora cuarto grado, en el sillón que me tiene de rehén,
después de pagar 300 pesos me presto solícita a ver en múltiples pantallas de
mi pequeña nootbook una propuesta teatral de una de las directoras de teatro
más interesantes de los últimos veinte años. Sin barbijo, con mi trago,
descalza y en casa, el teatro me emociona. También estuve en el teatro de
verdad, en uno de las pocas salas independientes autogestantes sobrevivientes
que tenemos en Santiago del Estero. Le conté a un amigo la alegría con la que
me vestí porque iba al teatro, nosotres los bichos teatrantes sabemos de esa
estúpida felicidad. Y ahí estaban la botellita de alcohol en gel, los barbijos
y sus variedades estilísticas, la mesita que te recibe, el papelito, las sillas
y butacas con gente mirando pa delante y esta actriz hoy escribiente
reconociendo caras figuras, disfrutando el rechinar de las tablas mientras el
actor acusado camina y grita, disfrutando la penumbra y sus razones la luz y
sus revelaciones. La obra termina amanece el aplauso y miro a los amigos con
los que fui, todos los barbijos esconden sonrisas pero los ojos no mienten. Las
actrices y el actor reciben saludos y las ansias del abrazo, del beso, esas
raras costumbres que nos atravesaban y que ahora existen en la clandestinidad o
con la premura del mal hacer, esas ansias están ahí manejando los cuerpos en
una gestualidad tan potente, tan teatral. Somos la escena. Me acerco un poco
más de lo permitido a una de las actrices y me dice (de lejos y susurrando solo
para mi) “si no hacía teatro me moría”. Y yo se que es verdad y sé que es
mentira.
Si no hacemos teatro se muere el teatro
mientras vivimos estas inútiles vidas.
El hacer ser teatro es múltiple, ya no
discutimos el espacio ni las razones, sabemos hace mucho, mucho tiempo y
trabajo compartido que hay teatro cuando se multiplican las razones y los
espacios.
Sabemos que apoyar a las salas de teatro
es promover actividades disímiles no solo al teatro como actividad. Sabemos
también después de mucha frustración y pérdida que teatrar es hacer en
comunidad. Nos ha costado tanto encontrarnos y hacer posible lo comunitario,
tanto cuerpo y cuerpa puesta en juego para acordar, que cuando nos desarmamos, cuando una sala se
pierde o un grupo desaparece en el tiempo, entonces sabemos que Brook tiene
razón y el teatro es mortal.
Sin la acción demorada, simple,
costosísima, de la función de fin de semana en algún espacio oficial,
alternativo, causal, mega. Sin esta necesidad de pacto entre el espectador que
el sábado a la noche saca su entrada para ser capturado por una arenga inútil
de rostros, disfraces, contactos y miradas que en el mejor de los casos lo
emocionará por algunos minutos. Sin este hecho teatral esencial y reo. Entonces
nuestro teatro será pasado.
Es
necesario sobrevivir. Es necesario revolver las historias que queremos contar.
Es necesario sentarnos a discutir en cada grupo sobre los placeres más hondos y
las angustias de la sed. Es necesario recordar, declamar gritar el poema. Es necesario pintar nuestras
caras de muecas engañosas y caminar la
improvisación. Es necesario el teatro minúsculo y audaz.
Es imprescindible la valentía.
Eva Gardenal, actriz.