Octavo Festival de Jazz de Santiago del Estero
No
obstante nuestra creencia y el ardid de los relojes y calendarios, el tiempo no
corre en un solo sentido, o al menos no lo hace de un modo lineal. Adentro de
esos instantes que encierran las horas suceden nuestras vidas, lo que da cuenta
del transcurrir no son los movimientos de rotación de la tierra, ni los
supuestos cambios de las estaciones, sino aquello que nosotros hacemos dentro
del margen de los días.
El año
que pasó da cuenta de la posible dispersión del tiempo, durante el 2020 todo se
suspendió y se pospuso, aprendimos a entender, quizá por las malas, que todo es
provisorio. Nuestra vida fue alterada tal vez de un modo permanente y todo (o
casi todo) fue puesto en entredicho, sometido a un minucioso análisis de
conveniencia y precaución. Al contrario de lo que algunos optimistas esperaban,
no salimos mejores de esto (es más aún no salimos) y lo que se ha reforzado ha
sido el miedo y sus derivados, y en algunos casos se logró imponer con éxito la
solitaria moral del náufrago como única alternativa de conducta.
Existen
sin embargo impulsos que buscan anular estas esquirlas del 20 y soterrar con
amor y arte los imprecisos márgenes de ese año eterno. Ya lo dijo Octavio Paz:
“Hasta la desesperación requiere un cierto orden. Si pongo un número contra un
muro y lo ametrallo soy un individuo responsable. Le he quitado un elemento
peligroso a la realidad.”
Esa
secuencia lógica no ha ocurrido en algo que para muchos de nosotros era
habitual en esta ciudad, el año que pasó no tuvo su festival de Jazz. El número
ausente no fue cualquier número, fue el ocho, una cifra que encierra vastos
sentidos: para algunos es la representación de la transición entre el cielo y
la tierra; para los Pitagóricos era la forma de la armonía (el gran Tetrakis);
es también el número atómico del oxígeno y la medida del horizonte dentro de un
tablero de ajedrez. En la música la octava nota, es la misma de aquella de la
cual partimos solo que más grave o más aguda. Y como todo es cuestión de
perspectiva, ver el mundo acostado o de pie, el ocho tendido representa al
infinito.
El
Festival de Jazz de Santiago, creado ya hace nueve años por el empecinamiento
contagioso de Gonzalo Velázquez, que supo generar en los habitantes de esta
ciudad la posibilidad de acercarse a un género que nos es ajeno y que de no
existir este convivio, pocas alternativas tendríamos para saciar el saludable
apetito de variedad. El esmero contagia, fascina y a veces hasta iguala. Es por
ese verbo incesante que han pasado, pasan hoy y pasarán, grandes músicos tanto nacionales
como extranjeros por los escenarios del Festival. La comunión entre el público
y los músicos se alimenta no sólo de las obras que son propias del estilo, sino
de otra forma del empeño que es la curiosidad, una curiosidad antropológica de
artistas que quieren conocer qué ocurre en esta misteriosa región del sol que
llamamos Santiago, y una curiosidad musical del público que quiere presenciar
el hecho del tiempo que fluye dentro del jazz aunque a veces esa experiencia le
resulte ardua o incomprensible. Como sabemos de todas las artes, la música es
la única que sólo requiere de tiempo para existir.
Los
que disfrutamos del Festival y nos hemos acostumbrado a su presencia año tras
año, quizá no podamos ver lo laborioso de la tarea, que en esta edición se ha
representado con la imagen de Sísifo, aquel hijo del viento que supo engañar en
más de una oportunidad a los dioses y a la muerte, probablemente el hombre más
astuto del mundo con la sola excepción de su hijo Odiseo. En la mitología fue
condenado a empujar una enorme piedra cuesta arriba de una ladera que
indefectiblemente caía antes de llegar a la cima.
Casi
como Sísifo, tanto el organizador de este Festival, sus ilustres invitados como
el público, parecen haber sido condenados al empecinamiento, a juntar los
pedazos de un año roto y comprimirlos en notas esquivas hasta que formen una
masa solida redondeada por el asedio de la voluntad que permita que el tiempo
ruede con la música, por una vez, cuesta abajo.
Texto leído por el propio autor en la apertura del "Octavo Festival de Jazz de Santiago del Estero" y en Electrico Ardor, programa radial que se emite todos los los lunes de 22hs a 00hs por Radio Universidad 92.9 y los dias miercoles de 22hs a 00hs por Radio Vostok 93.9