PIO MONTENEGRO Y EL DECRETO DE LA LLUVIA
Pío Montenegro fue gobernador entre 1936 y 1939. La historia oral
lo describe como “niño bien”, queriendo decir familia de alcurnia; alto,
ilustrado, elegante, y un humorista nato. Su decreto de la lluvia figura entre
una veintena de anécdotas igualmente imperdibles que circulan en los círculos memorialistas y en la
narrativa[1].
Mantuvo una actitud un tanto indiferente ante la sequía, que consideraba
magnificada por la prensa. “La sequía es un invento de los Castiglione…” (cit.
por Carol 1991). También manifestó hostilidad hacia la campaña de ayuda
solidaria a nivel nacional, afirmando que el Estado no la solicitaba y que
dañaba la imagen de la provincia colocándola en una actitud mendicante. Gracias
al relato de los familiares de Palumbo, así como de las especies que circulan
en el cuento popular pude reconstruir la escena de ese día. Esa mañana nublada
y ventosa Montenegro recibió la visita de una delegación de agricultores y
criadores de Silípica y Loreto que venían a plantearle las graves dificultades
que enfrentaban por la falta de agua, pues en algunas zonas ya habían pasado
ocho meses desde la última lluvia, no habían podido sembrar, y ahora sus
animalitos se morían al borde una represa seca. Como solución proponían la
canalización del Nambí, un antiguo brazo del río Dulce, que les permitiría un
alivio, y hasta se ofrecían para hacer el trabajo. Conociendo las dificultades
para realizar esta obra, proponían el mejoramiento del Canal San Martín.
Agregaron que recibirían agradecidos cualquier ayuda que el funcionario pudiese
dispensarles. El gobernador se sintió conmovido por la ansiedad de sus
comprovincianos, y les dijo que ya se ocuparía de los canales de riego, pero
que estaba dispuesto a hacer algo más, y haciendo una seña a su secretario, que
aguardaba junto a una máquina de escribir, artefacto novedoso del que solo
disponían los empresarios y los organismos del Estado, le dictó lo siguiente:
-Visto el problema de los pobladores de Silípica y Loreto aquejados por la
sequía reinante. Y considerando la alta responsabilidad de nuestro gobierno,
siempre sensible a los reclamos de la comunidad y de la patria toda; y que
corresponde asistir con medidas urgentes y necesarias que demuestren sentido
social. Por ello, en uso de este ministerio público, decreto:
Artículo 1º: Prodúzcase una lluvia general en toda la zona afectada por la sequía.
Artículo 2º. De forma. Comuníquese a los interesados. Cumplido,
archívese. Pío Montenegro, Gobernador.
Después de firmarlo y entregarles copia, los despachó entre risas y
abrazos, y quizá logró aflojar los tensos rostros con su insólito decreto de la
lluvia, que podría figurar en la novelística latinoamericana, pródiga en
situaciones ligera o absolutamente fantásticas. Sin embargo, se trata de un
caso real, que he registrado en el anecdotario a través de varias fuentes.[2]
Los “cuentos” de Pío Montenegro figuran ya en la literatura santiagueña y en la
prensa de la época. Al citar este caso a través de una versión literaria, no lo
hago sólo para ilustrar el humor santiagueño, sino para mostrar uno de los
muchos procedimientos que componen el repertorio de las políticas ambientales.
La historia de Santiago del Estero es pródiga en ejemplos que vinculan la
administración de las fuerzas naturales a un poder superior. Retornando al
humor del gobernador, vemos que al dictar su decreto asume un papel mesiánico
que en el imaginario popular se esperaba que representase, aunque deformándolo en
la parodia. Dado que los procedimientos para pedir la lluvia incluían cultos
ancestrales, religión institucionalizada, así como tecnología y ciencia
“modernas”, no debe asombrarnos que el Estado figurase también entre los
poderes a que convenía acudir. Pero ese año los campesinos no pedían magia sino
canales.
