Poesía radioactiva: Daniela Rafael & Ignacio Ratier
“¿Esto es un poema?”,
es una pregunta que se hace el yo lírico en uno de los poemas pertenecientes a
“Un sapo aplastado en la avenida San Martín”, el poemario de Daniela Rafael, incluido
en la Colección SIAMESA publicada a fines de febrero de este año por la
editorial Chernobyl. En ese mismo libro, acorde a la idea de siamés que plantea
la colección, se encuentra el poemario de Ignacio Ratier titulado “Edificio en
llamas” en donde pueden leerse los siguientes versos: “Porque si la poesía no se trata/ de dar todo el amor que quisimos/y
no pudimos entregar/ yo ya no sé/ yo ya no entiendo”. Me gusta pensar en
ese diálogo poético como una puerta de acceso a este libro. Una de las
preguntas que los autores parecieran hacerse es, entre otras cosas: ¿De qué
manera se teje la escritura de poesía? Lo interesante es que a la respuesta a
esa pregunta llegan, más que teorizando, escribiendo. Proponiendo un viaje a
través de sus poemas.
Este libro objeto, que desde el
vamos seduce a la vista con su presentación, propone dos recorridos. De un
lado, los poemas de Daniela Rafael. En “UTP”, uno de los poemas que se
encuentra hacia la mitad del poemario, se lee: “Es un puema, digo/como ir de la vida hacia la muerte/”. Quizás
haya ahí una pauta de lectura. Es ese el viaje que proponen estos poemas: De la
vida hacia la muerte. Desde el poema “Antes del desorden” en el cual el yo
lírico se recuerda en su infancia junto a su abuelo esperando que pase el tren
“puedo estar en este poema/ínfima,
ínfima”, pasando por el poema que le da título a su poemario, en el cual el
yo lirico es ya una abogada litigante que quiere escribir poesía y se pregunta
si lo que escribe es un poema: “Le
escribo a un amigo. /Pregunto: ¿Esto es un poema? /”. Pregunta que ella
misma se encarga de contestar en el poema que le sigue, ahora ya en el rol de
madre, cuando dice: “Ser poeta puede ser
simplemente/estar sentada en un sillón, de noche/ mientras mi hijo mira el
celular”. Una madre que le lee a su hijo un poema de Wislawa Szymborzka
mientras este apoya la cabeza en su hombro. Una de las imágenes más hermosas
del libro y que recuerda a los poemas de Sharon Olds. Hay, también, en estos
poemas, la posibilidad para el yo lirico de estar en otro lugar. El mar y su
visión como el lugar que se anhela: “Lo
que he querido toda mi vida/ es abrir la ventana/ y ver el mar”. Este viaje
cierra, de la vida hacia la muerte, con “Q.E.P.D”, un poema que comienza así: “Cuando por fin muera/voy a vengarme” y
también dice “Será todo
impredecible/igual que el ánimo en este poema”. ¿Qué dejamos tras nuestra
partida? Un desorden tan grande que no pasa desapercibido y posible de ser
ficcionalizado. Ficción donde entran todas las vidas que no vivimos y que
podríamos haber vivido, parece contestar el poema.
“Fuego”, la canción de la banda “El
Mato A Un Policía Motorizado”, comienza de la siguiente manera: “Desde el pueblo más lejano de acá/ Siguiéndote
/Vamos esta noche puede ser mejor/ Mirándote”. Esta canción podría encajar
perfectamente como la musiquita que suena en la cabeza de uno al leer el
poemario de Ignacio Ratier “Edificio en llamas”. Un par de preguntas para
empezar: ¿Qué representa el edificio que se incendia en el título? ¿La familia?
¿El hogar? ¿La pareja? ¿Uno mismo? ¿Todo eso junto? Sea cual sea la respuesta,
pareciera ser necesario para el yo lírico tomar distancia. En el poema titulado
“Llueve” podemos leer “Llueve/ estoy
lejos de casa, /hace dos horas/estoy sentado/sobre esta piedra/molida por el mar,
/un humo negro/planea/encima de la ciudad”. Hay un viaje, hay un mar y
también literatura. El poema nombra y enumera: libros de Parra, de Berlín, de
Ferreyra, quizás, igual de importantes que la estampita del Gauchito Gil en esa
travesía. Y también una marca temporal: “Hoy
murió Nicanor” nos dice (Son las vacaciones de enero de 2018). El viaje
sigue, como pasaba con los poemas de Daniela, aquí también los poemas dialogan
entre ellos. En el poema siguiente titulado “A veces tengo diálogos telepáticos
que terminan mal” el yo lírico corta el teléfono y contempla un paisaje modesto
pero hermoso: “Casa, chalets, arboles
parcos/ladridos agudos y niños jugando” para concluir diciendo “Pensé en lo frágil que soy/ y en que puedo
endurecerme/hasta estallar. Los poemas fluyen y tienen ritmo. Ritmo, entendido
como esa inscripción particular que cada sujeto hace de su historia. En el
poema “A veces camino sin rumbo”, observamos dos cuestiones: Una poesía que
tiende hacia lo narrativo y la potencia de todo lo que queda implícito, de lo
no dicho. Dividido en dos partes, podría pensarse como un pequeño cuento
escrito en verso. La primera parte, después de un derrotero por la ciudad
siguiendo a personas random, concluye de la siguiente manera: “Me senté en un cantero a pensar/ ¿en qué? /
a pensar, nada más que eso”. En “Mama está rota” el yo lírico hace repaso
de su familia: “Mamá está rota/papá está
roto/[...]mis hermanos también están rotos […]/ […] cuando te conocí, me lo dijiste,
/estoy completamente rota/ y yo, querida/ no puedo hacer nada./. Mientras que
en “Un bolsillo en la mochila” nos encontramos con algunos de los versos más
hermosos del poemario, los citados al principio: “Porque si la poesía no se trata/ de dar todo el amor que quisimos/y no
pudimos entregar/yo ya no sé/ yo ya no entiendo”. Uno los lee y siente
sonar en loop en la cabeza los versos finales de la canción de “El Mató” que
dicen: “Ahora soy mejor, ahora soy mejor,
te juro soy mejor”. Como sucede en el poemario de Daniela, el viaje que nos
propone Ratier en “Edificio en llamas” también termina con un poema referido a
la muerte que se titula “Un cartel que diga todos
vamos a morir”. El poema arranca proponiendo poner dichos carteles en las
salas de neonatología y después la enumeración se expande cada vez más
abarcando diversos lugares y momentos de una vida, con un ritmo y un lenguaje
que recuerdan a los poemas de Mariano Blatt, pero esta enumeración no es
caprichosa, termina diciendo Un cartel que diga que todos vamos a morir
“En los chistes de la Revista Barcelona
que compraste al mediodía cuando te dijeron que el abuelo no pasaba la noche”.
La muerte y el dolor son tan grandes que ahora extienden su manto a todo lo
anterior y lo resignifican. La enumeración funciona aquí como la frase latina
“Memento Mori”.
Para concluir, podríamos decir que,
frente a la pregunta inicial “¿De qué manera se teje la escritura de poesía?”,
tanto Daniela como Ignacio parecen contestarla, por medio de sus poemas, con lo
siguiente: a través de una escena que se vuelve a mirar desde otro lugar, de
aquello cotidiano que se desfamiliariza, de un instante ínfimo que se elige
privilegiar, como también de un detalle en el cual se hace foco para decir y
adquiere ambigüedad. Todo esto es posible observarlo en la escritura de ambos,
como lo vimos anteriormente. Pero no solo eso, hay también en ellos una
sinceridad brutal: en “UTP”, el poema de Daniela Rafael, el yo lírico piensa en
el término “Crisis económica” y tiene deseos de vengarse, hacer mucho daño,
ponerlos en fila y ser la más inmoral de todas. Y en esta sinceridad brutal no
hay pretensiones de escándalo, hay una búsqueda maniática por encontrar la verdad.
Lo mismo sucede en el poema “El Barrio” de Ignacio Ratier. Leemos ahí los
siguientes versos: “Preguntate quién te
lleva al barrio/ por qué te lleva al barrio/ para qué quiere el barrio/ después,
no lo dudes, anda al barrio/. Pero
después del desencanto, de la sospecha, de descubrir los chanchullos que siempre
existen entre los compañeros que se aprovechan de esos espacios, el mismo yo
lírico que nos puso en guardia al comienzo termina casi gritándonos: “TOMATE BIEN EL PALO/ volvé a tu casa/y deja
que el tiempo te prepare/ para escribir un poema/ sobre por qué el barrio se
llena de giles/ que vienen de afuera”. Con todo esto nos encontramos en la
Colección SIAMESA editada por Chernobyl. Poemas sinceros y sentidos con la
fuerza de un “Cross” a la mandíbula, como quería Arlt.