POR DONDE YO VOY CAMINA MI PASADO
Las sucesivas reediciones
de Fervor de Buenos Aires hacen del
primer poemario de Borges prácticamente otro libro. Ha eliminado y ha
reemplazado poemas y partes de poemas. Ha cambiado títulos. Con sus palabras ha
“pulido sus excesos”, con las nuestras ha rescrito el libro completo,
La reedición 2022 de La pelota de la luna de Jorge Rosenberg por
parte de la Editorial Mundar es una apuesta en sentido contrario. Se trata de
una réplica casi exacta de la versión de 1987, que hasta conserva los textos
periféricos de aquella vieja edición: el prólogo de Carlos Manuel Fernández Loza
y la contratapa de Samuel Skolnik, un lujo de dos autores que ya no están entre
nosotros. Como contextualización de la propuesta se ha sumado un prólogo de
Francisco Avendaño y una tapa con una obra del inmortal Rafael Touriño.
Transcurridos treinta y
cinco años, la pregunta que no podemos dejar de hacernos es ¿estamos hablando
del mismo libro? ¿Cuánto ha cambiado la poesía y el poeta que la escribe, que
al día de hoy la sigue escribiendo? ¿Acaso envejecen las palabras? ¿Qué ha
cambiado y que permanece de aquella legendaria versión de tapa celeste con
fondo blanco?
Aunque el orden de las
palabras es el mismo me animaría a decir que son libros diferentes. Me animaría
a decir, inclusive, que el de 2022 es mejor. ¿Puede un libro ser mejor que él mismo?
Milagros del tiempo.
Es mejor porque sus
palabras se han nutrido de la sedimentación de los años.
Es mejor porque el libro
persiste en una voz entonces apenas escuchada.
Es mejor porque instala
temas y motivos que siguen siendo zonas poco visitadas por nuestras poéticas;
el reflujo del pasado como excusa del presente, la ciudad y sus huellas, el
exilio y el regreso, los juegos del tiempo y los juegos del lenguaje, la
muerte, la poesía vuelta sobre sí misma, el amor, el dolor, la irrescatable
lejanía, la identidad fragmentada.
La poesía insiste frente
al tiempo y el olvido. Sus giros expresivos, las elipsis de sus títulos, el
contrabando de sentidos mediante imágenes alucinadas, las alusiones oblicuas y
las iluminaciones opacas, son marcas de una palabra que se busca a sí misma al
cabo de más de tres décadas.
La poética de Rosenberg,
treinta y cinco años después, sigue siendo innovadora. Sus huellas están
frescas, nadie las ha pisado, podemos seguirlas hasta reencontrarnos con aquella
fotografía de 1956, con el trompo, con el algarrobo de plata, con el viejo samovar
de sus ancestros o con el silbido del afilador en la sesta santiagueña.
Aventurarme en una
exegesis del libro me parece un exceso. Prefiero apenas acercarme desde uno solo
de sus textos: el poema “Recuerdo”, penúltimo de la serie.
Desbordante, retorico,
acústico, “Recuerdo” es una emblema de
la mejor poesía rosenbergiana. Su magia está en un compuesto de notas que se
conjugan de un modo inesperado: la sonoridad, las metáforas, las sugerencias
reflexivas, la ostentación de una subjetividad en conflicto. El poema describe
un campo y un cerco. Eso es todo. El campo es próximo y a la vez distante:
Antajé, “en los suburbios de La Banda”. Esa inscripción pone en juego un
espacio de tensiones entre proximidad y lejanía que va a ser el eje del poema.
El cerco es antes un símbolo que un elemento descriptivo, porque “se parece a
mi”, personaliza los encierros y limitaciones del poeta, y mojonea la amenaza
del fin de la poesía. Ese campo y ese cerco dan lugar a una “visión”,
atestiguada por el trueno que anuncia la tormenta: los hijos del dolor, los
parias que pisan la tierra de Santiago. Luego aparece “un pájaro que no puede
volar”, el “enjuto tordo de plumas empapadas”. La imposibilidad de volar es la
conflictiva dificultad de poetizar que sufre quien se define como “enjuto
tordo”, pájaro que pulula el paisaje santiagueño. Ave de hábitos arteros que
acaso evoca la burla incesante de Juancito, el astuto zorro de nuestras
tradiciones orales. Y enseguida se nos viene encima la metáfora de
autoadscripcion identitaria más fuerte de nuestra poética regional:
"santiagueño por atardecer”. La expresión conjuga un modo de pertenencia
que no apela a orígenes, ni lugares, ni linajes, sino a un devenir histórico y
biográfico. Una pertenencia que se configura como construcción de sentido a través
de una urdimbre temporal. Santiagueño porque ha caído la tarde, al fin, y, ya
con el sol en retirada, el tiempo ha hecho su trabajo silencioso. El día ya ha
sido vivido y ha dejado una huella que busca su palabra en el pálido murmullo
de la “oración”. Hay una hechura de tiempo, que no es obra del embrujo de la
tierra, ni del sagrado origen, ni de una posesión ancestral. La
“santiagueñidad” del poema aquí no es esencia ni filiación vernácula, como
suele pensarse desde poéticas sustancialistas. Es un dramático devenir
histórico y temporal, y esa es la mayor sugestión. Por último, un Santiagueño
que está cerca “del brocal del mundo”, ese lugar por donde el todo se aniquila
y resurge. Y, una vez más, la tensión entre cercanía y lejanía, porque el poeta
está “lejos, muy lejos de mi”. Distancia de una historia colectiva de
desposesiones (el desarraigo y el éxodo) y de una historia personal de
desencuentros, que lo inscriben en la lejanía de sus propios sueños. O como
dice Di Lullo, “El santiagueño está lejos de los demás porque está lejos de sí,
de lo que el querría ser si no estuviera inerme y soterrado” Lejanía que es también temporal, distancia
irrevocable de “aquel niño sentado en el santuario blanco de un umbral” del
poema 1955, año que evoca la infancia del poeta. Lejanía - cercanía del
“silbido del afilador sobre la siesta dormida” en “por donde yo voy camina mi
pasado”.
Poética de la nostalgia,
del recuerdo, de la experiencia lúdica, de la exploración interna, al cabo de
treinta y cinco años La pelota de la luna
sigue siendo actual, vigente, renovada, interpelante.
Todavía hay un niño que
espera recibir la pelota lanzada por otro “en el extremo de una galería”, allá
por el 87.