POR EL CAMINO DE LAS ALMAS

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Miércoles, 2 de Noviembre del 2022

POR EL CAMINO DE LAS ALMAS

Por el camino de las almas al fondo, un árbol viejo y retorcido se anuncia. Con aire sombrío y sereno descansa firme sobre la tierra seca quemada por el sol. El atardecer se disfraza con la sombra del monte esperando la noche, mientras el crujir de los pasos de los deudos entonan memorias, junto al canto de las aves nocturnas. Como si avanzaran a contramano del tiempo, ellas y ellos van llegando a su destino, mientras un puñado de cruces ansiosas se asoman sobre una tapia. En el centro un portón de hierro, vencido por el olvido, lleva soldada sobre sí la inscripción “CEMENTERIO”.

¡Bienvenidos, sean bienvenidos! Hoy es un día de reencuentro, son las ocho de la tarde y en las afueras todo se amontona. Motos, caballos, viejas/os, niñas/os, jóvenes, vendedores ambulantes, golosinas, juguetes, puestos de comida. Casi todos enchufados a sus motores electrógenos, alimentando la tenue luz de los tubos fluorescentes. Qué decir del hipnótico sonido del coyuyo vibrando desde temprano, entonando su monocorde canción, ambientando la esperada y larga noche, donde el pasado se mezcla con lo nuevo, con el misterio, con la muerte, con el porvenir.

Familias enteras, algunas multitudinarias, otras solitarias, van poblando el cementerio; avanzan con su carga llevando reposeras, conservadoras con comida, insumos de limpieza y por supuesto velas, muchas velas. Velas de cera, velas a pila.

Una calle de tierra, ancha y llena de historias, invita a adentrarse en la escena; es el camino principal. En el medio de todo, justo en el medio, se destaca la cruz central, lugar común entre los que van llegando, depositario de rezos y ofrendas que con el correr de las horas se van acopiando unas sobre otras. Un intenso caudal de luz estalla sobre el altar, ríos de cera roja y blanca se esparcen y se mezclan con flores, estampitas, santos y vírgenes abrumadas de tanta plegaria.

Las horas se detienen. Una ciudad escondida, de perfil irregular se refleja fantasmagóricamente en las sombras, teñida de noche, cubierta de estrellas. Entre callecitas y recovecos, resuenan coros de carcajadas, rezos y murmullos, acompañados por la luna que incita a seguir, con su sonrisa azulina.

Los deudos ya se van ubicando en el panteón de sus seres queridos. Comienzan a acomodar las reposeras, a limpiar el interior, les prenden unas velas, le agregan flores rojas y amarillas, de plástico en su mayoría. Les ofrendan bebidas, comida, camisetas de clubes de futbol, en fin, todo aquello que formaba parte de la vida terrenal del agasajado. La tenue lumbre de las velas y algún que otro poste de luz suspiran murmullos al compás de la brisa. Una intensa calma propia del festejo sobrevuela con las almas el paisaje, de a poco van volviendo, se va sintiendo su llegada. Despertando a su tiempo, regresan, para rencontrase con su gente.

Todos los primeros de noviembre a la tarde noche.

Fotografías e ilustracion Francisco Garay.

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