PROHIBIR LA FANTASIA
La memoria estalla hasta vencer
A los pueblos que la aplastan
Y que no la dejan ser
Libre como el viento
(La Memoria autor: León Gieco)
Largo es el camino de la memoria y recordar se impone como
una obligación que late en el fondo de la historia y que grita cada vez más
fuerte: presente. Laura Devetach, en la década del 60 escribió un libro que
dictó a su marido Gustavo Roldán, lo mando a un concurso y ganó el primer premio.
En 1979 el libro, “LA TORRE DE CUBOS” fue censurado e integró junto a otros
autores y autoras, como María Elena Walsh, la lista de libros prohibidos.
La Dictadura militar que usurpó el poder en 1976 juzgó que
el libro tenía “ilimitada fantasía” y ordenó su censura, prohibió su venta y
circulación impidiendo que pueda ser leídos por niños y niñas para preservar,
quien sabe qué y juzgó que no era apto y debía ser escondido, negado, olvidado.
Como uds se imaginan ha ocurrido lo contrario el cuento ha sido leído y pasado
de mano en mano en papeles sin autora/a visible, es por eso que en su versión
en democracia la autora agradece y dedica el libro: “a todas las maestras y
todos todos los maestros que hicieron rodar estos cuentos cuando no se podía…”
En 2017 un Jardín de Infantes en La Paternal, después de un
proceso en el que participaron niños y niñas, logró cambiar su nombre y hoy
lleva el del libro.
Hoy a 46 años del Golpe compartimos con ustedes un fragmento de
la escritura de Laura Devetach, conscientes de la importancia de leer y de
estimular la imaginación para que lean junto a sus hijxs y ojala podamos
contagiarles la “ilimitada fantasía” de la autora.
El hombrecito verde
de la casa verde del país verde tenía un pájaro. Era un pájaro verde de verde
vuelo. Vivía en una jaula verde y picoteaba verdes verdes semillas. El
hombrecito verde cultivaba la tierra verde, tocaba verde música en su flauta y
abría la puerta verde de la jaula para que su pájaro saliera cuando tuviera
ganas. El pájaro se iba a picotear semillas y volaba verde, verde, verdemente.
Un día en medio de un verde vuelo, vio unos racimos que le hicieron esponjar
las verdes plumas. El pájaro picoteó verdemente los racimos y sintió una gran
alegría color naranja. Y voló, y su vuelo fue de otro color. Y cantó, y su
canto fue de otro color.
Cuando llegó a la casita verde, el hombrecito verde lo
esperaba con verde sonrisa.–¡Hola, pájaro! –le dijo. Y lo miró revolotear sobre
el sillón verde, la verde pava y el libro verde. Pero en cada vuelo verde y en
cada trino, el pájaro dejaba manchitas amarillas, pequeños puntos blancos y
violetas. El hombrecito verde vio con asombro cómo el pájaro ponía colores en
su sillón verde, en sus cortinas y en su cafetera.–¡Oh, no! –dijo verdemente
alarmado.
Y miró bien a su pájaro verde y lo encontró un poco lila y
un poco verde mar.–¡Oh, no! –dijo, y con verde apuro buscó pintura verde y
pintó el pico, pintó las patas, pintó las plumas.Pero cuando el pájaro cantó,
no pudo pintar su canto. Y cuando el pájaro voló, no pudo pintar su vuelo. Todo
era verdemente inútil.
Y se puso a tocarla
flauta verde mirando a lo lejos. Y de la flauta salió una música verde azul
rosa que hizo revolotear celestemente al pájaro.
Laura Devetach
Puedes también escuchar el cuento leído por Vanesa Paz en el programa "Niñez en el Mundo"