QUERIDO EDITOR, GRACIAS.

Cookies

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios.

Lunes, 1 de Mayo del 2023

QUERIDO EDITOR, GRACIAS.

En el dia Internacional del Trabajador/a, el autor reflexiona sobre la importante e ineludible labor que desempeñan los editores/as en la produccion de una obra literaria. 

A Adrián Bonilla, editor de estos arrabales

Pareciera ser que escribir en las provincias (nunca me ha gustado decir “el interior” porque ¿lo opuesto seria qué? ¿El exterior?) es un desafío desparejo, desigual, sin sentido. A simple vista pareciera que para publicar en las editoriales grandes debes ser de ahí, de la capital, de Bs As y creo que es una falacia. Digo esto porque escribir, escribe cualquiera (aquí me tienen de ejemplo). Ahora, escribir un libro, un gran libro, sin importar si entra o no en los rankings de venta, exige además del talento, trabajo, esfuerzo y el don de la humildad que permita la mirada crítica de un editor. Pienso en este momento en los grandes escritores que escribieron su obra desde ignotos lugares en el mundo y la cabeza me hace estalla. Claro que no depende de donde escribas sino lo que escribes y como lo escribes. Inmediatamente el rol del editor/a se torna ineludible. El oficio de escribir necesita de otro/a: el del editor/a.

Infravalorado por los mismos escritores, el rol del editor es clave para logar que el esfuerzo del escritor cuaje en una obra digna de ser publicada. En nuestro país, crisis del papel mediante, se publicaron, solamente en 2022, 6500 nuevos títulos, según la Cámara Argentina del Libro. Imagíne ud, que está garabateando en este momento sus ideas sobre el teclado de su computadora, la selva de publicaciones anuales a las que se suman sus esfuerzos de que alguien, lector/a, invierta tiempo en leer nuestros cuentos, poemas, novelas. Difícil ¿verdad?

El genial escritor tucumano Tomas Eloy Martínez, consagrado ya como periodista, desconfiaba de los que leían su obra complacientemente y en cuanto conoció en 1987 a Juan Forn y Rodrigo Fresán, comenzó a confiarles la tarea de ser los lectores de los borradores de sus novelas. Fue tan intensa la relación que de a poco se fue quedando con ellos, en especial con Forn, para siempre. Cuando en 1995 hubo terminado Santa Evita, su novela más importante (en opinión de este humilde lector) el contexto de crisis internacional producto del Efecto Tequila, puso en dudas su publicación. Forn había trabajado denodadamente como editor del tucumano, criticando duramente su tardía pretensión de formar parte del boom latinoamericano y ayudó al escritor a pulir su novela, que, pese a las adversidades salió publicada el año de la crisis económica internacional y vendió, en un mes, más que cualquier novela publicada ese año (nota de paso: Forn le dijo a Tomas Eloy que su jefe español le había dicho que, por el efecto tequila, no iba a ser posible publicar la novela.  Tomas Eloy lejos de amedrentarse le pidió a Juan Forn que reuniera a sus jefes en una oficina con fax y a la hora señalada por el escritor, entro un fax que decía: “Aquí está, por fin, la novela que siempre quise leer”, firmado Gabriel García Márquez).   

Un editor es mucho más que el que corrige las cuestiones técnicas de la obra. Es el que la aprende a querer, la pelea, la milita, la acompaña, la ve nacer. Así, una obra, necesita de un editor como el buen vino necesita de un enólogo que ayude a combinar correctamente los dones que trae la uva. Sin él sería pura potencia desangelada. Él, cuida, guarda, mejora lo que tiene cada cual. 

En “Los libros de los otros” Italo Calvino nos corre el telón para mirar con cariño el rol del editor y descubrir la verdadera función. En una carta a Silvio Guarnieri, escribe: “tu libro es un producto altísimo y utilísimo de la inteligencia, de la sabiduría humana y de la cultura, que se sirve de un molde estilístico –un ritmo del párrafo- culto y noble, pero usado casi automáticamente y de una manera un poco monótona” dejando en claro, con una sutileza, propia de Calvino, lo que el autor debe corregir. El maestro de “Las ciudades invisibles” es impiadoso como debe ser un editor comprometido. Trabajo que desempeñó durante varios años con el compromiso propio de su rol, recomienda a otro escritor con estas palabras: “Querido Ortolani, ¿pero qué te pasa? ¿Tomar a mal que te hayan rechazado un manuscrito? ¿Te parece lógico? Fracasado: ¿y por qué? Fracasados son los pobres a quienes unos editores demasiado indulgentes –y nosotros tenemos varios sobre la conciencia, desgraciadamente- han publicado los primeros libros, por esa felicidad que, en cierta medida, siempre hay en los primeros libros y que después no han sabido continuar, y han visto cómo la crítica los pasaba por alto y el público se olvidaba de ellos. Esos sí son casos tristes”.

Hace unos años he visto la película “Genius” (2016) donde se cuenta la historia de Maxwell Perkins y Thomas Wolf y esta muy bien contado el rol central del primero en el éxito del segundo. No es la mala estrella, no es el albur, no son las musas en huida, es darle importancia a los trabajos importantes. En nuestro medio necesitamos editores, profesionalizar el rol fundamental de quien lee comprometido con su trabajo y que permita sacar de nosotros lo mejor. Por eso para escribir, el tridente es: leer, escribir, editar.


¡ATENCIÓN! Mundar es un espacio autogestivo, para seguir haciendo crecer este proyecto cultural que nos encuentra a cada rato escribiendo y leyendo junto a vos. Queremos que seas parte de nuestra mesa, invítanos un cafecito para que Mundar siga creciendo. https://cafecito.app/revistamundar2022

 

 



Categorías

Autores