QUERIDO EDITOR, GRACIAS.
En el dia Internacional del Trabajador/a, el autor reflexiona sobre la importante e ineludible labor que desempeñan los editores/as en la produccion de una obra literaria.
A Adrián Bonilla, editor de estos arrabales
Pareciera ser que escribir en las provincias (nunca me ha
gustado decir “el interior” porque ¿lo opuesto seria qué? ¿El exterior?) es un
desafío desparejo, desigual, sin sentido. A simple vista pareciera que para
publicar en las editoriales grandes debes ser de ahí, de la capital, de Bs As y
creo que es una falacia. Digo esto porque escribir, escribe cualquiera (aquí me
tienen de ejemplo). Ahora, escribir un libro, un gran libro, sin importar si
entra o no en los rankings de venta, exige además del talento, trabajo,
esfuerzo y el don de la humildad que permita la mirada crítica de un editor.
Pienso en este momento en los grandes escritores que escribieron su obra desde ignotos
lugares en el mundo y la cabeza me hace estalla. Claro que no depende de donde
escribas sino lo que escribes y como lo escribes. Inmediatamente el rol del
editor/a se torna ineludible. El oficio de escribir necesita de otro/a: el del
editor/a.
Infravalorado por los mismos escritores, el rol del
editor es clave para logar que el esfuerzo del escritor cuaje en una obra digna
de ser publicada. En nuestro país, crisis del papel mediante, se publicaron,
solamente en 2022, 6500 nuevos títulos, según la Cámara Argentina del Libro.
Imagíne ud, que está garabateando en este momento sus ideas sobre el teclado de
su computadora, la selva de publicaciones anuales a las que se suman sus
esfuerzos de que alguien, lector/a, invierta tiempo en leer nuestros cuentos,
poemas, novelas. Difícil ¿verdad?
El genial escritor tucumano Tomas Eloy Martínez,
consagrado ya como periodista, desconfiaba de los que leían su obra
complacientemente y en cuanto conoció en 1987 a Juan Forn y Rodrigo Fresán,
comenzó a confiarles la tarea de ser los lectores de los borradores de sus
novelas. Fue tan intensa la relación que de a poco se fue quedando con ellos,
en especial con Forn, para siempre. Cuando en 1995 hubo terminado Santa Evita,
su novela más importante (en opinión de este humilde lector) el contexto de
crisis internacional producto del Efecto Tequila, puso en dudas su publicación.
Forn había trabajado denodadamente como editor del tucumano, criticando
duramente su tardía pretensión de formar parte del boom latinoamericano y ayudó
al escritor a pulir su novela, que, pese a las adversidades salió publicada el
año de la crisis económica internacional y vendió, en un mes, más que cualquier
novela publicada ese año (nota de paso: Forn le dijo a Tomas Eloy que su jefe
español le había dicho que, por el efecto tequila, no iba a ser posible
publicar la novela. Tomas Eloy lejos de
amedrentarse le pidió a Juan Forn que reuniera a sus jefes en una oficina con
fax y a la hora señalada por el escritor, entro un fax que decía: “Aquí está, por fin, la novela que siempre quise
leer”, firmado Gabriel García Márquez).
Un editor es mucho más que el que corrige las cuestiones
técnicas de la obra. Es el que la aprende a querer, la pelea, la milita, la
acompaña, la ve nacer. Así, una obra, necesita de un editor como el buen vino
necesita de un enólogo que ayude a combinar correctamente los dones que trae la
uva. Sin él sería pura potencia desangelada. Él, cuida, guarda, mejora lo que
tiene cada cual.
En “Los libros de los otros” Italo Calvino nos corre el telón
para mirar con cariño el rol del editor y descubrir la verdadera función. En
una carta a Silvio Guarnieri, escribe: “tu libro es un producto altísimo
y utilísimo de la inteligencia, de la sabiduría humana y de la cultura, que se sirve
de un molde estilístico –un ritmo del párrafo- culto y noble, pero usado casi automáticamente
y de una manera un poco monótona” dejando
en claro, con una sutileza, propia de Calvino, lo que el autor debe corregir.
El maestro de “Las ciudades invisibles” es impiadoso como debe ser un editor
comprometido. Trabajo que desempeñó durante varios años con el compromiso
propio de su rol, recomienda a otro escritor con estas palabras: “Querido Ortolani, ¿pero qué te pasa? ¿Tomar a mal que te
hayan rechazado un manuscrito? ¿Te parece lógico? Fracasado: ¿y por qué? Fracasados son los pobres a
quienes unos editores demasiado indulgentes –y nosotros tenemos varios
sobre la conciencia, desgraciadamente- han publicado los primeros libros, por
esa felicidad que, en cierta medida, siempre hay en los primeros libros y que
después no han sabido continuar, y han visto cómo la crítica los pasaba por
alto y el público se olvidaba de ellos. Esos sí son casos tristes”.
Hace unos años he visto la película “Genius” (2016) donde se cuenta la historia de Maxwell Perkins y Thomas Wolf y esta muy bien contado el rol central del primero en el éxito del segundo. No es la mala estrella, no es el albur, no son las musas en huida, es darle importancia a los trabajos importantes. En nuestro medio necesitamos editores, profesionalizar el rol fundamental de quien lee comprometido con su trabajo y que permita sacar de nosotros lo mejor. Por eso para escribir, el tridente es: leer, escribir, editar.