RIVAS 1858-2022
Ramón E. Chaparro
Adjunto
Cátedra de Literatura Santiagueña -
FHCSyS – UNSE
Yo
no puedo leer a Ábalos sin recordar a Rivas.
Rivas
tuvo la fortaleza para escribir que el autor de Shunko era un escritor
muy mal leído.
No
se equivocaba.
No
se equivocaba en cargar contra las lecturas cristalizadas que organizan, entre los
nosotros y entre los otros, una literatura que -presumo- no existe.
No
se equivocaba tampoco en detenerse en Ábalos para ensayar tal advertencia, que
bien pudo amojonar un antes y un después.
Ábalos
está en el centro de una serie que, con Tasso, en clave sociológica, podría
llamarse literatura de maestros, y, con Taralli, en clave teórico-literaria,
podría nombrarse telurismo descriptivo.
Aun
sin ser ya la serie dominante dentro del sistema, aun sin ocupar ya la avenida
ancha -como escribiría también Rivas-, la tradición que Ábalos representa es la
tradición, por inercia, contra la que gestionan su agón creativo -a
sabiendas o no-, a veces rescribiéndola, a veces negándola, las nuevas, las
novísimas y las ultranovísimas generaciones de escritores y escritoras de estas
tierras.
Rivas
tenía razón, pienso. En Shunko, el gran protagonista no es un niño. Y
eso vale para Shalacos. Y para Coshmi.
Acaso
el maestro.
O
el espacio, digo. El relato espectáculo construido para la contemplación. Y
para el cambio.
Tampoco
es Shunko una novela para niños, como ciertos lugares comunes presentes
en el discurso social insisten en afirmar: pienso en las lecturas escolares. Ha
de ser tarea difícil leerle a un niño la imploración de otro niño que quiere,
al menos, que lo dejen morir en su casa y no en el hospital.
Y
aún está por verse, agrego yo, hasta dónde es una novela, lo que no dejaría de
ser una fortuna.
Diría
que el aviso de Rivas no fue leído. Diría yo que toda la literatura de Santiago
debería ser releída.
Ábalos
creía en una literatura utilitaria. Rivas, me parece, no. Pero, si a través de
Rivas se llega a Ábalos, y si por la vía de Ábalos se arriba a la literatura
actual, convendrá que la lectura se haga en un estado de inocencia, desprendido
de los lugares comunes que acaso convienen -¿a quién?-, pero que han hecho de
la literatura de Santiago una literatura para no leer -¿por qué?-.
Para
no leer, por decir un caso, las memorias de Agustina Palacio, con quien
-conjeturo- amaneció la narrativa en el país de Santiago un sábado de 1858. La
narrativa que se conserva, al menos.
Este texto no debería terminar así: leamos a Rivas que quería que leyéramos.
