RIVAS 1858-2022

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Lunes, 28 de Marzo del 2022

RIVAS 1858-2022

Ramón E. Chaparro

Adjunto

Cátedra de Literatura Santiagueña - FHCSyS – UNSE

 

Yo no puedo leer a Ábalos sin recordar a Rivas.

Rivas tuvo la fortaleza para escribir que el autor de Shunko era un escritor muy mal leído. 

No se equivocaba.

No se equivocaba en cargar contra las lecturas cristalizadas que organizan, entre los nosotros y entre los otros, una literatura que -presumo- no existe.

No se equivocaba tampoco en detenerse en Ábalos para ensayar tal advertencia, que bien pudo amojonar un antes y un después.

Ábalos está en el centro de una serie que, con Tasso, en clave sociológica, podría llamarse literatura de maestros, y, con Taralli, en clave teórico-literaria, podría nombrarse telurismo descriptivo.

Aun sin ser ya la serie dominante dentro del sistema, aun sin ocupar ya la avenida ancha -como escribiría también Rivas-, la tradición que Ábalos representa es la tradición, por inercia, contra la que gestionan su agón creativo -a sabiendas o no-, a veces rescribiéndola, a veces negándola, las nuevas, las novísimas y las ultranovísimas generaciones de escritores y escritoras de estas tierras.

Rivas tenía razón, pienso. En Shunko, el gran protagonista no es un niño. Y eso vale para Shalacos. Y para Coshmi.

Acaso el maestro.

O el espacio, digo. El relato espectáculo construido para la contemplación. Y para el cambio.

Tampoco es Shunko una novela para niños, como ciertos lugares comunes presentes en el discurso social insisten en afirmar: pienso en las lecturas escolares. Ha de ser tarea difícil leerle a un niño la imploración de otro niño que quiere, al menos, que lo dejen morir en su casa y no en el hospital.

Y aún está por verse, agrego yo, hasta dónde es una novela, lo que no dejaría de ser una fortuna.

Diría que el aviso de Rivas no fue leído. Diría yo que toda la literatura de Santiago debería ser releída.

Ábalos creía en una literatura utilitaria. Rivas, me parece, no. Pero, si a través de Rivas se llega a Ábalos, y si por la vía de Ábalos se arriba a la literatura actual, convendrá que la lectura se haga en un estado de inocencia, desprendido de los lugares comunes que acaso convienen -¿a quién?-, pero que han hecho de la literatura de Santiago una literatura para no leer -¿por qué?-.

Para no leer, por decir un caso, las memorias de Agustina Palacio, con quien -conjeturo- amaneció la narrativa en el país de Santiago un sábado de 1858. La narrativa que se conserva, al menos.

Este texto no debería terminar así: leamos a Rivas que quería que leyéramos.







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