SGOIFO: DECIDOR DE CAFÉ, HEROE EN LAS SOMBRAS
Ricardo Sgoifo nos ha presentado su libro Ocurrencias para leer a
la siesta, Graffikka ediciones, Santiago del Estero, 2007, y la primera cosa
que se me ocurre, en esta distendida siesta del verano santiagueño, es presentar
a su autor. Claro que Sgoifo no necesita que lo presenten. Él se ha presentado
a sí mismo a lo largo de su vida, y no quisiera agregar líneas ni colores que
enturbien esa imagen. Trataré solamente de esbozar el perfil que tengo en mi
interior. El primer rasgo que trazo es el del amigo. Un amigo efusivo y
cordial. Sencillo y casi oculto, el árbol grande está ahí. Procuraré mostrar
algunas otras facetas que considero necesarias para dibujarlo. Él es un
humanista, formado en el pensamiento cristiano de los 60, en la Universidad
Católica, donde se formó en ciencia política. Fueron los años del Concilio
Vaticano II, que renovó la fé, al menos a escala latinoamericana. Después
vinieron Medellín y Puebla. La Iglesia latinoamericana inició una revisión cuyo
punto de partida era un dilema: ¿cómo haría para situarse del lado de los
pobres y oprimidos, ella, cuya cruz había estado durante siglos tan cerca de la
espada? En el aula del profesor Santos podían discutirse estos temas. Y también
en los patios del Convento Mercedario, en asidua plática con el Cura Acosta, de
querida memoria. Sgoifo pasaba sin esfuerzo de la doctrina social de la Iglesia
al corpus del cancionero y la leyenda. Aristóteles, Tomás, Chesterton, Rojas,
Di Lullo, Canal. Puiggrós y Félix Luna. Cito al azar los libros de su cuarto,
en la calle Entre Ríos, donde vivía con su madre. A la vuelta estaba Humberto
Sgoifo, su primo, con quien compartí mis viajes al feudo saqueado del Sachayoj.
En esa casa tuvo su pequeña escuela, su academia, su hospedaje estudiambres que
buscaban en la vara del rabdomante del pobresor la respuesta para el próximo
examen cuatrimestral. En esa casa estaba en esos días el centro del compás de
la vida de Sgoifo. El otro brazo, el que sostiene el lápiz, se abría cada día
en círculos concéntricos, ampliados y sinuosos. No había lugar que le fuera
ajeno. Su presencia engalanó los patios más sencillos, en el 8 de Abril, el
Pacará, sin omitir Gallitos y Farolitos, ante mesas de lata con un cuarto de
tinto. Y soda. Tuvo muchos laderos que acompañaron su periplo, propio de las
noctambulares escenas del Adán Buenosayres. Ya que cito a Marechal: Sgoifo
recuerda de memoria el “Canto Libre a Santiago del Estero”, maravilloso poema
que escribió Leopoldo después de su viaje a Santiago, hacia 1954. Y lo dice
bien. Sgoifo dice muy bien. La palabra de Sgoifo es el sujeto de esta frase, y
el predicado se parece a una moraleja: escúchalo y sabrás algo más de la
Salamanca. Conocerás el misterio del Árbol Solo, el centenario algarrobo que
marca el límite entre Manogasta y Tuama. Él es un narrador oral de largo
aliento. Hay que seguirlo. Es traductor de voces. Siente ritmos. Quien ha sido
ladero de Sgoifo, humildes Sanchos junto al caballero de la Alegre cuanto
Inefable Figura, no lo olvida, y cito nombres que bien caben en la crónica
menuda de estos tiempos, ahora que sabemos que es Sancho, en su sólida y ínfima
presencia, quien estabiliza la quilla del oscilante Quijote: príncipe y mendigo
a un tiempo. En una mesa Ari, el Gringo, Fifo. Allá Félix, Belén, Pablito y
Eva. Horacio Demóstenes y Coquito. Juan de Dios y la Chiqui. Ana, Graciela, el
Negro. Victoria, Jero, Sacha. Yo lo he dejado solo a mi hermano Jordán en la
mesa de Ramón, y me siento al fondo, con Alfredo, lejos de las autoridades de
nuestro Parnaso, que podrían declararnos fuera de la ley. Después Pobrecito el
Tupinambis, Palumbo empieza a cantar: “…No necésito palabras”, tema que
compusieron a su tiempo. 57 Sgoifo hace de la mesa bombo. Y de la vidala, tema.
Su soliloquio encantado refulge en la oscuridad de la parra. Piso de tierra.
Chacarera. Sale a bailar, y hace una de sus mudanzas preferidas: imita el modo
de bailar campesino, alpargateado y suave el pie, como el de la vicuña. Así
bailó en la librería “Ser…inquietudes” en 1978 y en Tuama en 1989. Pero ahora
es sábado al mediodía y Sgoifo está en la radio Estudio Uno. Su programa sobre
los barrios, sus siestas de música criolla, su palabra de decidor político.
Durante los difíciles años de lo que vivimos ficcionalmente, es cierto, como el
derrumbe del juarismo, él le dio el tono justo a la palabra ciudadanía. En esos
días reapareció un Sgoifo formado en la escuela de Atenas. Reflexivo, profundo,
incisivo, mordaz. Como lo conocemos en la mesa. Suelen decir que detrás de cada
gran hombre hay una gran mujer. Este axioma se cumple para Sgoifo, sólo que en
plural. ¿Quién llevaría esa cuenta? Es probable que ni siquiera él. Pero al
momento de cerrar el dibujo, un nombre resulta imprescindible: es el de Marta
Sgoifo, su hermana. Para ella, el cariño de los que nos sentimos beneficiados
por la generosa sombra del poeta, el músico, el folklorista, el escritor, que
logró todo eso sin colocarse sayo ni reclamar otra titulación que la de
conversador de café. Sgoifo es símbolo de una generación. Su labor ha estado y
estará en la sombra, salvo en estos instantes episódicos en que lo mira el ojo
atento de su tiempo. Como eso afortunadamente está sucediendo hoy, aprovecho
para solicitar ante la comunidad del pensamiento y las letras de Santiago del
Estero el reconocimiento que merece, en los términos de la Ley Provincial Nº
5886/92, por su aporte sostenido durante medio siglo a la cultura de Santiago
del Estero. Infórmese a las autoridades y al público en general. Una vez
cumplido, el “archívese” será innecesario. El homenaje volará como un pájaro.
Recién con el olvido, vuelve a nacer el hombre. Sgoifo ya está trabajando en su
próximo libro, el cuarto.
Al viejo Shinfu
Llega el hombre que
quiere ser distinto
constante, empero
en tinto.
(Es bebedor de
antes).
Va delante
un instante
de su instinto.
(Le echa soda a su
sueño.)
No obstante
si argentino es su
talante
no hay plata
potosina en esta esquina
ni en su bolsillo
seco, tibio, hueco.
(El vacío anuncia un
día más justo.)
Con gesto adusto
y algo cejijunto
señala el plato
el vaso
el cenicero
(En una servilleta
hay algo escrito).
“Cobrate, hermano”
dice, y da la mano
al indoamericano
tan joven
que lo atiende.
(Piensa en Witoldo,
que escribió esa mano)
“Cobrate”, insiste:
“Humo somos, querido
y humo andante,
presumo.
Nos cruzaremos
en las escalinatas
del paisaje”.
Queda el joven
contando las monedas
y el bastón
del viejo ya
distante
se escucha en la
vereda
(Si ha quedado un
poema, ya es bastante)
Alberto Tasso.