SGOIFO: DECIDOR DE CAFÉ, HEROE EN LAS SOMBRAS

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Miércoles, 23 de Diciembre del 2020

SGOIFO: DECIDOR DE CAFÉ, HEROE EN LAS SOMBRAS

Ricardo Sgoifo nos ha presentado su libro Ocurrencias para leer a la siesta, Graffikka ediciones, Santiago del Estero, 2007, y la primera cosa que se me ocurre, en esta distendida siesta del verano santiagueño, es presentar a su autor. Claro que Sgoifo no necesita que lo presenten. Él se ha presentado a sí mismo a lo largo de su vida, y no quisiera agregar líneas ni colores que enturbien esa imagen. Trataré solamente de esbozar el perfil que tengo en mi interior. El primer rasgo que trazo es el del amigo. Un amigo efusivo y cordial. Sencillo y casi oculto, el árbol grande está ahí. Procuraré mostrar algunas otras facetas que considero necesarias para dibujarlo. Él es un humanista, formado en el pensamiento cristiano de los 60, en la Universidad Católica, donde se formó en ciencia política. Fueron los años del Concilio Vaticano II, que renovó la fé, al menos a escala latinoamericana. Después vinieron Medellín y Puebla. La Iglesia latinoamericana inició una revisión cuyo punto de partida era un dilema: ¿cómo haría para situarse del lado de los pobres y oprimidos, ella, cuya cruz había estado durante siglos tan cerca de la espada? En el aula del profesor Santos podían discutirse estos temas. Y también en los patios del Convento Mercedario, en asidua plática con el Cura Acosta, de querida memoria. Sgoifo pasaba sin esfuerzo de la doctrina social de la Iglesia al corpus del cancionero y la leyenda. Aristóteles, Tomás, Chesterton, Rojas, Di Lullo, Canal. Puiggrós y Félix Luna. Cito al azar los libros de su cuarto, en la calle Entre Ríos, donde vivía con su madre. A la vuelta estaba Humberto Sgoifo, su primo, con quien compartí mis viajes al feudo saqueado del Sachayoj. En esa casa tuvo su pequeña escuela, su academia, su hospedaje estudiambres que buscaban en la vara del rabdomante del pobresor la respuesta para el próximo examen cuatrimestral. En esa casa estaba en esos días el centro del compás de la vida de Sgoifo. El otro brazo, el que sostiene el lápiz, se abría cada día en círculos concéntricos, ampliados y sinuosos. No había lugar que le fuera ajeno. Su presencia engalanó los patios más sencillos, en el 8 de Abril, el Pacará, sin omitir Gallitos y Farolitos, ante mesas de lata con un cuarto de tinto. Y soda. Tuvo muchos laderos que acompañaron su periplo, propio de las noctambulares escenas del Adán Buenosayres. Ya que cito a Marechal: Sgoifo recuerda de memoria el “Canto Libre a Santiago del Estero”, maravilloso poema que escribió Leopoldo después de su viaje a Santiago, hacia 1954. Y lo dice bien. Sgoifo dice muy bien. La palabra de Sgoifo es el sujeto de esta frase, y el predicado se parece a una moraleja: escúchalo y sabrás algo más de la Salamanca. Conocerás el misterio del Árbol Solo, el centenario algarrobo que marca el límite entre Manogasta y Tuama. Él es un narrador oral de largo aliento. Hay que seguirlo. Es traductor de voces. Siente ritmos. Quien ha sido ladero de Sgoifo, humildes Sanchos junto al caballero de la Alegre cuanto Inefable Figura, no lo olvida, y cito nombres que bien caben en la crónica menuda de estos tiempos, ahora que sabemos que es Sancho, en su sólida y ínfima presencia, quien estabiliza la quilla del oscilante Quijote: príncipe y mendigo a un tiempo. En una mesa Ari, el Gringo, Fifo. Allá Félix, Belén, Pablito y Eva. Horacio Demóstenes y Coquito. Juan de Dios y la Chiqui. Ana, Graciela, el Negro. Victoria, Jero, Sacha. Yo lo he dejado solo a mi hermano Jordán en la mesa de Ramón, y me siento al fondo, con Alfredo, lejos de las autoridades de nuestro Parnaso, que podrían declararnos fuera de la ley. Después Pobrecito el Tupinambis, Palumbo empieza a cantar: “…No necésito palabras”, tema que compusieron a su tiempo. 57 Sgoifo hace de la mesa bombo. Y de la vidala, tema. Su soliloquio encantado refulge en la oscuridad de la parra. Piso de tierra. Chacarera. Sale a bailar, y hace una de sus mudanzas preferidas: imita el modo de bailar campesino, alpargateado y suave el pie, como el de la vicuña. Así bailó en la librería “Ser…inquietudes” en 1978 y en Tuama en 1989. Pero ahora es sábado al mediodía y Sgoifo está en la radio Estudio Uno. Su programa sobre los barrios, sus siestas de música criolla, su palabra de decidor político. Durante los difíciles años de lo que vivimos ficcionalmente, es cierto, como el derrumbe del juarismo, él le dio el tono justo a la palabra ciudadanía. En esos días reapareció un Sgoifo formado en la escuela de Atenas. Reflexivo, profundo, incisivo, mordaz. Como lo conocemos en la mesa. Suelen decir que detrás de cada gran hombre hay una gran mujer. Este axioma se cumple para Sgoifo, sólo que en plural. ¿Quién llevaría esa cuenta? Es probable que ni siquiera él. Pero al momento de cerrar el dibujo, un nombre resulta imprescindible: es el de Marta Sgoifo, su hermana. Para ella, el cariño de los que nos sentimos beneficiados por la generosa sombra del poeta, el músico, el folklorista, el escritor, que logró todo eso sin colocarse sayo ni reclamar otra titulación que la de conversador de café. Sgoifo es símbolo de una generación. Su labor ha estado y estará en la sombra, salvo en estos instantes episódicos en que lo mira el ojo atento de su tiempo. Como eso afortunadamente está sucediendo hoy, aprovecho para solicitar ante la comunidad del pensamiento y las letras de Santiago del Estero el reconocimiento que merece, en los términos de la Ley Provincial Nº 5886/92, por su aporte sostenido durante medio siglo a la cultura de Santiago del Estero. Infórmese a las autoridades y al público en general. Una vez cumplido, el “archívese” será innecesario. El homenaje volará como un pájaro. Recién con el olvido, vuelve a nacer el hombre. Sgoifo ya está trabajando en su próximo libro, el cuarto.

Al viejo Shinfu

Llega el hombre que quiere ser distinto

constante, empero

en tinto.

(Es bebedor de antes).

 

Va delante

un instante

de su instinto.

(Le echa soda a su sueño.)

 

No obstante

si argentino es su talante

no hay plata potosina en esta esquina

ni en su bolsillo

seco, tibio, hueco.

(El vacío anuncia un día más justo.)

 

Con gesto adusto

y algo cejijunto

señala el plato

el vaso

 el cenicero

(En una servilleta hay algo escrito).

 

“Cobrate, hermano”

dice, y da la mano

al indoamericano

tan joven

que lo atiende.

(Piensa en Witoldo, que escribió esa mano)

 

“Cobrate”, insiste:

“Humo somos, querido

y humo andante,

presumo.

Nos cruzaremos

en las escalinatas del paisaje”.

 

Queda el joven

contando las monedas

y el bastón

del viejo ya distante

se escucha en la vereda

(Si ha quedado un poema, ya es bastante)

 

                                                                          Alberto Tasso.

 

 



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