Sobre cómo escriben los lectores

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Jueves, 17 de Junio del 2021

Sobre cómo escriben los lectores

Sebastián Barrionuevo me escribe al uatsap y me cuenta que en Mundar van a compartir reflexiones de escritores en torno al oficio de escribir; y me convida. Entre 200 y 500 palabras, cierra. Le digo que sí. No le pregunto más.

Casi de inmediato pienso en la literatura argentina de Santiago del Estero, tan diversa y vital como poco o mal leída, por un aldeanismo insistente, que en unos es pereza y en otros, gesto esnob.

Para Domingo Bravo -en un viejo artículo de 1965-, la narrativa santiagueña, y con ella la literatura local, nace con Pedro González del Prado, un soldado español que llegó aquí con Diego de Rojas, en el siglo XVI, y escribió una Probanza de Méritos y Servicios en la que narra su paso por estas tierras, que aún no se llamaban Santiago del Estero.

Si en cambio, se consulta a Moisés Carol -en el prólogo de Letras santiagueñas de 1946-, la literatura santiagueña emerge recién a fines del siglo XIX, por acción de un escritor oriundo de Salavina, Pablo Lascano, autor de Siluetas contemporáneas. Ese sería el inicio de nuestra literatura moderna.

El período que abarca el siglo XX y lo que va del XXI es sin dudas el de explosión de la literatura local, por el número y la riqueza de las obras que abarcan todos los géneros: la novela con el ineludible Jorge Washington Ábalos, y otros nombres más cercanos como el de Marcela Alluz o Adriana del Vitto; la cuentística de Dante Cayetano Fiorentino y Ramón Gallardo, junto con el microrrelato de Antonio Cruz; la poesía que acoge nombres sublimes como el de María Adela Agudo, y otros incipientes como el de Julieta Donzelli; el teatro en el que brillan Bernardo Canal Feijóo o Clementina Rosa Quenel, y más próximo en el tiempo, Eduardo González Navarro; el ensayo en el que descuella Orestes Di Lullo. Y junto con estos géneros tradicionales, otros menos sencillos de clasificar como los Zocos de Jorge Rosenberg. En su afán de ser breve, esta es una enumeración injusta por incompleta.

La descripción de la literatura en general -y la de Santiago no escapa a esa tendencia- suele enfocarse en la producción escrita, en especial la publicada en libros. Pero lo cierto es que los santiagueños han sabido crear, también, una copiosa literatura oral -y luego recopilada-, o bien escrita pero pensada para el canto, de autor anónimo o de autor conocido, en lenguas metropolitanas, en lenguas americanas, o bilingües. Es decir, junto a esa literatura erudita, en Santiago florece una literatura popular, que el ojo bizcado busca descontar. Para que haga del famoso botón de muestra, menciono la poesía folclórica de Pablo Raúl Trullenque.

Sebastián me pregunta por el oficio de escribir. Si tengo que decir cómo escribe Jorge W. Ábalos -rostro mayor de una tradición poderosa, incluso si se la quiere desobedecer- diré que así:

Yo no canto pa’ que me oigan

ni porque mi voz sea buena;

canto para que no caiga

la copla sobre la pena.

Si tengo que sintetizar la literatura popular, diría, con Ariel Petrocelli:

Santiago del Estero

hasta Rosario

el monte interminable

y el desamparo

la pobre gente

esperando la muerte

que a veces viene…

Sé que no respondo. O tal vez sí. Pero no respecto de los escritores, sino de los lectores. O en todo caso del lector que soy yo. 



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