Sobre cómo escriben los lectores
Sebastián
Barrionuevo me escribe al uatsap y me cuenta que en Mundar van a
compartir reflexiones de escritores en torno al oficio de escribir; y me
convida. Entre 200 y 500 palabras, cierra. Le digo que sí. No le pregunto más.
Casi de
inmediato pienso en la literatura argentina de Santiago del Estero, tan diversa
y vital como poco o mal leída, por un aldeanismo insistente, que en unos es
pereza y en otros, gesto esnob.
Para
Domingo Bravo -en un viejo artículo de 1965-, la narrativa santiagueña, y con
ella la literatura local, nace con Pedro González del Prado, un soldado español
que llegó aquí con Diego de Rojas, en el siglo XVI, y escribió una Probanza
de Méritos y Servicios en la que narra su paso por estas tierras, que aún
no se llamaban Santiago del Estero.
Si en
cambio, se consulta a Moisés Carol -en el prólogo de Letras santiagueñas de
1946-, la literatura santiagueña emerge recién a fines del siglo XIX, por
acción de un escritor oriundo de Salavina, Pablo Lascano, autor de Siluetas
contemporáneas. Ese sería el inicio de nuestra literatura moderna.
El
período que abarca el siglo XX y lo que va del XXI es sin dudas el de explosión
de la literatura local, por el número y la riqueza de las obras que abarcan
todos los géneros: la novela con el ineludible Jorge Washington Ábalos, y otros
nombres más cercanos como el de Marcela Alluz o Adriana del Vitto; la
cuentística de Dante Cayetano Fiorentino y Ramón Gallardo, junto con el
microrrelato de Antonio Cruz; la poesía que acoge nombres sublimes como el de
María Adela Agudo, y otros incipientes como el de Julieta Donzelli; el teatro
en el que brillan Bernardo Canal Feijóo o Clementina Rosa Quenel, y más próximo
en el tiempo, Eduardo González Navarro; el ensayo en el que descuella Orestes
Di Lullo. Y junto con estos géneros tradicionales, otros menos sencillos de
clasificar como los Zocos de Jorge Rosenberg. En su afán de ser breve, esta
es una enumeración injusta por incompleta.
La
descripción de la literatura en general -y la de Santiago no escapa a esa
tendencia- suele enfocarse en la producción escrita, en especial la publicada
en libros. Pero lo cierto es que los santiagueños han sabido crear, también,
una copiosa literatura oral -y luego recopilada-, o bien escrita pero pensada
para el canto, de autor anónimo o de autor conocido, en lenguas metropolitanas,
en lenguas americanas, o bilingües. Es decir, junto a esa literatura erudita,
en Santiago florece una literatura popular, que el ojo bizcado busca descontar.
Para que haga del famoso botón de muestra, menciono la poesía folclórica de
Pablo Raúl Trullenque.
Sebastián
me pregunta por el oficio de escribir. Si tengo que decir cómo escribe Jorge W.
Ábalos -rostro mayor de una tradición poderosa, incluso si se la quiere
desobedecer- diré que así:
Yo no
canto pa’ que me oigan
ni porque
mi voz sea buena;
canto
para que no caiga
la copla
sobre la pena.
Si tengo
que sintetizar la literatura popular, diría, con Ariel Petrocelli:
Santiago
del Estero
hasta
Rosario
el monte
interminable
y el
desamparo
la pobre
gente
esperando
la muerte
que a
veces viene…
Sé que no
respondo. O tal vez sí. Pero no respecto de los escritores, sino de los
lectores. O en todo caso del lector que soy yo.