SOBRE LAS CASAS QUE SIGUEN ENTERRADAS
Desde la editorial Barco Edita celebramos la nueva edición de Casas Enterradas que le brinda a nuevos lectores la posibilidad de leerla e ingresar a su obra, así como a otros releerla y, en nuestro caso particular, es una invitación a sopesar la historia de la primera edición, sus repercusiones y contexto.
Para el momento de la escritura y edición de este libro, Carlos Manuel ya estaba entre los grandes escritores santiagueños, o por lo menos, ocupaba un lugar destacado en la renovación de una generación de mucha narrativa, como lo fue la de Carol, Canal y Clementina. Desde sus primeros cuentos, hizo del experimento y la búsqueda de nuevas formas un estilo reconocible. Había ganado varios premios y había atraído, por ejemplo, la lectura y reflexión críticos como Guillermo Ara y Octavio Corvalán.
“Elogio de la palabra” es la expresión que usó José Andrés Rivas para referirse a Fernández Loza en su antología de escritores santiagueños. Aún no estaba editada esta novela cuando aquel le advertía “una antigua vigilancia de la libertad expresiva,” una “clara seducción por la palabra”. Y a la vez, aportaba algún ángulo de interés para lo que ahora nos ocupa, que es la relación de la crónica y los hechos históricos con la escritura. Donde para Rivas, “el tema no es generalmente importante” sino que solía ser “sólo un punto de partida”.[1]
En aquella primera edición de agosto de 1997, la contratapa rezaba sobre las mismas cuestiones. Sobre “sus lujos barrocos y su torrencialidad” y con mayor o mejor tacto, acerca del punto de partida: 1543, la conocida expedición de Diego de Rojas, la primera entrada española en el Tucumán, la vida de Catalina de Enciso.[2]
La SADE nacional le otorgó su faja de honor en los meses siguientes. En los años sucesivos el autor compiló, con el apoyo de su compañera, una parte de sus ensayos, donde los lectores pudimos conocer algunos de los preceptos que lo habían guiado en la novela y en sus obras en general, claves que se pueden leer en sus elogios, como también en sus fobias. En el prólogo ya se sintetizan lo que el autor piensa de la escritura, del arte de narrar, de la lectura, etcétera, así como de cuáles y por qué pueden considerarse los grandes maestros del momento.
Allí María del Carmen Tacconi nos subraya en sus palabras algunas claves, como el reconocimiento a “la tersura de la prosa y el rigor del estilo” que le hace a José Bianco, o la admiración que le provoca Macedonio Fernández por haber logrado ser “imposible de encasillar”. El trabajo de la oración larga y llena de subordinadas, la complejidad de las voces, la imbricación de tiempos y discursos, el experimento narrativo al fin, es algo que analiza y admira en Joyce, Faulkner y Proust, con una profundidad de crítico qué también es singular en nuestro medio. Ninguna de estas lecturas pudieron sostenerse con recepciones pasivas o complacientes. Una gran obra, dice, necesita “un lector activo”.[3]
A veinticinco años de Casas enterradas, también estamos a cincuenta de la publicación de sus primeros cuentos. Entre uno y otro se produjo el elogio de su prosa. La seducción de la palabra y el ser “dueño de un estilo que lo distingue”, como se afirma en el prólogo de la edición actual. Así como aquello del lugar que daba a los acontecimientos reconocibles, que sería “solo el punto de partida”, como le llamó Rivas, el “anclaje en una historia real” que le permitiría “arrancar”, como dice Lucas Cosci.[4]
En este caso, el punto de partida, como también habría advertido Rivas a propósito de otros autores, es recurrente, parte de cierta fiebre por entender el siglo XVI, que estaba en la literatura,[5] pero también en historiadores y ensayistas como Levillier, Canal Feijóo, Di Lullo, Olmos Castro o Alén Lascano. Como estar ajenos a esta concentración de voces entorno a la cuestión del nacimiento de esta sociedad de diferentes, expresadas en el encuentro problemático, en la metáfora de las armaduras andantes bajo el sol de diciembre y en el éxito de la flecha emponzoñada.
Hay algunas referencias trascendentes en Fernández Loza y su época que nos exigen ver a la novela también en las lógicas de la novela histórica. No sólo por la fascinación que le produjeron trabajos como el de Marguerite Yourcenar, el desarrollo lírico y la documentación de Opus Nigrum, ni por ingresar en las disquisiciones históricas sino por el esfuerzo de la comprensión profunda de los seres que son parte de los relatos históricos.
No basta con considerar que toda su generación estuvo rodeada por el vigor de este género y libros que como Zama, de Antonio Di Benedetto, o en lo local por otros como La gran sequía de Moisés Carol o Pasión y muerte de Silverio Leguizamón de Canal Feijóo, que mezclaron historia y ficción para decir algo más que los archivos, pero sugieren si alguien sabe ir más allá. No basta, decimos, pero hay que incluirlo. Como el hecho de que, si el lector tiene claras estas recurrencias sobre la anécdota histórica de la primera entrada, o ha ingresado en las largas discusiones, comprenderá la fidelidad del autor a las Crónicas, o verá la pura imaginación que se toma la libertad de ampliar allá donde nada se sabe, sin perder el hilo de lo sabido, ni estar ajeno a lo que vale la pena discutir.
Así, en un mundo de hombres donde todo indicaba que la mujer era culpable, él coloca una heroína, una mujer que cuando los hombres flaquean, no ante la fatiga del calor sino ante las flechas y la ausencia de oro y pedrerías que se expresa en pugnas y rumores, ella aporta cuidado, inteligencia y dignidad. Salva las vidas que puede y se salva, y a la vez, denuncia el sinsentido de la ambición. Una y otra vez, antes en la historia, y ahora otra vez, en la literatura y el lector.
[1] Rivas, José Andrés: Santiago en sus letras. Antología crítico-temática de las letras santiagueñas, UNSE, 1989, p. 249.
[2] Fernández Loza, Carlos Manuel: Casas enterradas, Barco edita, 1997, Santiago del Estero, contratapa.
[3] Fernández Loza, Carlos Manuel: Ensayos sobre literatura y cultura, UNT, 2006, Tucumán, pp. 5-20. Prólogo de María del Carmen Tacconi.
[4] Fernández Loza, Carlos Manuel. Casas enterradas, EDUNSE, 2023, Santiago del Estero, pp. 9-10.
[5] Rivas, José Andrés: “Dos versiones de la primera entrada” en Estudios de la literatura santiagueña, Dirección General de Cultura, 1987, Santiago del Estero, p. 102-123.