UN FUEGO QUE ARDE EN EL NORTE

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Sábado, 12 de Noviembre del 2022

UN FUEGO QUE ARDE EN EL NORTE

El presente texto reune las palabras compartidas por Juan Avendaño con motivo de la presentación de la presentacion de "Paraje", de Carlos Aldazabal, en la 12° Feria del Libro en Sgo del Estero. 

Más allá de la hermosa construcción poética de Paraje, creo que es necesario remarcar la importancia de que un autor Salteño sea premiado por el Fondo Nacional de las Artes, con el galardón máximo en el Concurso de Poesía Olga Orozco. No es menor señalar que el concurso llevó el nombre de la enorme poeta pampeana y creo que la decisión del jurado FNA de reconocer la poética y el trabajo de Aldazabal, es acertada ya que pone la mirada sobre una poesía distinta a la poesía porteña (y sus cercanías).

Carlos no es un extraño del paisaje que describe, en su condición de salteño natal, ha convivido con muchas de las realidades descriptas en Paraje, lo que hace que sus poemas no resulten estériles o con una mirada meramente histórica y lejana.

Paraje es un libro maravillosamente escrito, con un arduo trabajo de investigación que a la vez exige del lector una lectura profunda, analítica y comprometida. No basta con apreciar la belleza con el que el poeta capta la realidad, es necesario acompañar la mirada poética con información para que el relato sea completo.

La antropología poética como género exige este diálogo entre poeta y lector y en ese desarrollo Paraje, es un libro de absoluta necesidad para el sostenimiento de una voz que poco a poco va desapareciendo, producto del mal llamado progreso

Es por eso que la palabra escupe en los ojos del poeta para que este vea, para que pesque en la profundidad oscura del yuchán y traiga en esos peces luminosos una historia para ser contada, una que merece ser visible. Los ojos del poeta han recibido un beso de la luz y luego este la enfoca sobre las cosas, los animales, la naturaleza y el otro.


Fotografia de Luciana cano

Sucede una comunión especial entre el entorno, el otro y el poeta, y es en la voz del otro que el poeta habla, que dice su verdad traída desde otros elementos. Un árbol hinchado de agua y peces, un árbol que se ha tragado un mundo, desde donde alimentarse cuando la naturaleza persiste en la sequía.

El poeta habla con el monte, pone voz en sus elementos para que estos digan, y como las “lechuzas desenrollan la sabiduría de la oscuridad, de lo que no se comprende pero se presiente”. En ese trabajo, el poeta trae el presentimiento de aquello que ha sucedido y sigue sucediendo y le pone forma en la palabra, ésta luego iluminará como un fuego de bien la noche que se avecina.

En estos poemas que son por momentos río, por momentos árbol, sol, luna, mujer vulnerada, pueblo lentamente desaparecido, hay una historia de una lengua que, si no hay un testigo observador, se extinguirá con la misma velocidad con que las topadoras eliminan el paisaje.

Resulta necesario, lamentablemente necesario, implorar a los elementos para preservar lo natural, lo originariamente natural, hoy que vemos con mayor frecuencia el humo ardiente eliminando el paisaje, la comunidad, la historia humana. Es entonces este libro una oración para que algún dios escuche, para que no exista olvido posible, para que haya bondad por sobre el ensañamiento. Y en esa oración habla el poeta, pero también lo hace el árbol fecundo, la mujer violentamente fecundada, la cría infecunda de la bestialidad del progreso.

Hay una red de voces animales y vegetales, una red de un color desconocido, con el recuerdo de lo verde, con la persistencia marrón del barro, con las escamas azules de un pez que muere en un río seco, con el color del miedo que todo lo transforma. Esa red que parece sostener un mundo, sólo puede ser tejida por el poeta y en esos nudos se encuentra el relato, un pueblo en un monte, un monte en una mujer, una mujer del monte, unos hombres que arrasan con lo verde, con la mujer, con la palabra que ya no puede hacer otra cosa sino escupir en nuestros ojos para que veamos.

Celebro la poesía de Aldazabal y la disfruto hace mucho tiempo, este libro llega en un momento necesario, no sólo por la temática abordada, sino por lo heterogéneo de su voz, que como un fuego que arde en el norte, nos ayuda a ver que otra poesía es posible lejos del encandilamiento portuario.

Celebro que el hecho humano, el hecho histórico y el hecho poético comulguen en un libro y espero que estas breves líneas sirvan de invitación para adentrarse en su lectura.


Fotografia de Luciana Cano.


Compartimos tres poesias de "Paraje" de Carlos Aldazabal.



Carancho (Ahutsaj)

 

¿Era yo ese cadáver que te alimentaba
en el camino polvoriento?
Recuerdo el juego de esconder el corazón,
el juego de correr hasta perdernos en el monte.
¿Éramos nosotros bajo las garras del carancho?
Quise asustar la soledad apostando mi nombre,
y mi nombre secreto apareció en tu boca
y tu nombre me fue dicho en esa niebla
hasta que te revelaste, cazadora furtiva en este juego.
Ahora, desde un árbol somos observados
y nuestros cuerpos yacen bajo la sombra del incienso,
ofrendas en el monte para el pico y las garras,
para los ojos que miran y que ven
el perfecto equilibrio de la vida y la muerte.

 

  Pasionaria (Samokitaj)

 

Nubecita que llovés en mis ojos,
ventisca que escupís el arenal para que vea,
así te encuentro, mensajera del furor
y me desarmo en gorjeos,
como si un pajarito te cantara.
Después viene el enojo,
el hombro levantado de la ternura
que me hace desbaratar la previsión,
y luego del enojo, pastizal comido por el fuego,
la delgada inocencia de una boca que dice:
“Cantorcito desalmado que me hacés de tu séquito,
yo te enciendo en la ventisca arenosa
para que me veás y logrés encontrarte,
esforzado rastreador, vos que no sabés de tu presa
más que el sonido de las ranas, el sonido de la tormenta,
esa que viene, agua de río, para hacerte escarmentar”.

 


  Luna (Iwela)

 

Otra vez la palabra escupió en mis ojos
y entonces vi a la luna, ladrona de almas,
reteniendo la risa de los niños,
la pena de los niños,
los huesos de los niños
y también sus canciones.

 

 
Entonces le imploré:
“Luna, señora de luz blanca,
ese niño que lleva de la mano,
ese niño que lleva del pescuezo,
esa mujer llorona y desvalida,
ese anciano quejoso,
esas almas que pueblan sus praderas,
deben volver, Señora”.

 
 
Y todas las almas cantaron a la luna
para que la luna duerma,
y fue pesado el sueño de la luna,
y fue sutil la marcha de las almas.

 
Entonces viste el mundo,
pequeña bendición salvada de la luna.
En los brazos de tu madre pudieron verte todos,
y en mis ojos abiertos de palabra tu risa iluminó mi oscuridad.


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