VALLEJO Y EL PRESAGIO DE LA PROPIA MUERTE
Ya lo dijo Mario Trejo: “en boca del
poeta toda palabra es profecía”. Estas certidumbres poéticas debieran bastar
para asomar los ojos a los párpados superiores de su herida, de su pena que
tizna y ennoblece todo lo que toca… digo debieran bastar, pero no, cada
mendrugo de Vallejo es un vasto continente de tristes animales, bípedos que se
yerguen sobre los escombros de todas las promesas que incumple dios para
hacernos humanos. No se trata de inventar palabras exóticas para decir lo
mismo, ni de deshilachar el lenguaje hasta que solo queden los ademanes de la
dicha, con Vallejo ocurre de un modo distinto la poesía, es una vocación de
rastros, una búsqueda de la raíz de aquel sufrimiento que sintetice, por todos
y para todos, la santidad rebelde del dolor. Un mundo repleto de desamparados
en el que la soledad es imposible.
Vallejo nos hermana a todos en lo
común de su llanto, en su lágrima de inca horadando las calles de Europa, solo
en la noche de su memoria, habitado de voces y sombras como una casa recién
abandonada, respirando humanidad por la soledad de las cosas. Podríamos avanzar
en datos biográficos, que pongan al poeta en su tiempo y expliquen los pocos
días que le toco vivir en este mundo repartido entre en su patria natal (Perú),
su España entrañable y finalmente en París, ciudad en la que conjeturó su
muerte muchos años antes entre las hojas de su primer libro de poemas, Los
heraldos negros. Su poesía abrevó siempre en las hondas aguas de la nostalgia
hogareña, de las pérdidas familiares y del desahucio humano. Quizá haya en él,
esa distante dignidad del inca despojado que aún preso de los conquistadores y
obligado a ver la incapacidad para comprender la belleza y las brutales razones
de los invasores, seguía siendo el hijo de Dios y principal encargado de la
armonía del mundo, un dios vencido obligado a sufrir por su mundo que es
destruido ante sus ojos.
Vallejo sufrió además prisión al ser
acusado injustamente de participar en un incendio y saqueo de una casa del
pueblo, perteneciente a la familia Santa María Calderón, arrieros negociantes
de mercaderías y alcohol desde la costa. Trató de ocultarse pero fue
descubierto, apresado y arrojado a un calabozo de Trujillo donde permanecerá
durante 112 días (del 6 de noviembre de 1920 al 26 de febrero de 1921). En
prisión compone su libro TRILCE verdadera obra señera del modernismo que
implica una ruptura con la tradición poética de la época, en la que conviven
las imágenes del encierro, los barrotes de la cárcel, las salidas al patio con
los reclusos, con los recuerdos de su familia, el amor y el sexo. En este libro
empleará muchos recursos propios del dadaísmo como la escritura automática y
logrará desarrollar un estado onírico en el que la realidad del presidio se
mezcla con los estertores en la cabeza del poeta para dar lugar a fenómenos
sonoros que no existen en el castellano pero que se comprenden perfectamente en
la poesía.
Decidió abandonar Perú para probar
suerte en Europa donde entabla amistad con Juan Larrea y Vicente Huidobro.
También hace contacto con Pablo Neruda y Tristan Tzara.
De un poeta querido podemos hablar
casi como de un persona conocida, cercana a nuestros afectos y realidades,
aunque jamás haya visto su figura en persona . En mi caso además ocurre, que no
puedo acercarme a Vallejo, sin encontrar a mi padre, mi sangre temblorosa se
dimana en los mismos versos que él leía, quizá buscándole a la pena de la
ausencia maternal un conjuro de belleza que lo salve, que esculpa su dolor
preciso como un diamante.
Como dijimos, Vallejo supo que su
muerte lo encontraría en París, Me moriré en Paris,-dijo- con aguacero un día
del cual ya tengo el recuerdo, la musa le murmuró al oído algunas otras
precisiones como la del día de su muerte, Jueves le dijo que sería. Los hechos
ocurrieron de igual modo fue en París, llovió sobre sus calles, pero su cuerpo
aguantó la vida todo aquel jueves cobarde, para morir en la madrugada de un
viernes del 15 de abril de 1938.

Me moriré en parís con aguacero...
Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París – y no me corro –
tal vez un jueves, como es hoy de otoño.
Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y,
jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.
César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro
también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos…
Cesar Vallejo