VALLEJO Y EL PRESAGIO DE LA PROPIA MUERTE

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Sábado, 21 de Enero del 2023

VALLEJO Y EL PRESAGIO DE LA PROPIA MUERTE

Ya lo dijo Mario Trejo: “en boca del poeta toda palabra es profecía”. Estas certidumbres poéticas debieran bastar para asomar los ojos a los párpados superiores de su herida, de su pena que tizna y ennoblece todo lo que toca… digo debieran bastar, pero no, cada mendrugo de Vallejo es un vasto continente de tristes animales, bípedos que se yerguen sobre los escombros de todas las promesas que incumple dios para hacernos humanos. No se trata de inventar palabras exóticas para decir lo mismo, ni de deshilachar el lenguaje hasta que solo queden los ademanes de la dicha, con Vallejo ocurre de un modo distinto la poesía, es una vocación de rastros, una búsqueda de la raíz de aquel sufrimiento que sintetice, por todos y para todos, la santidad rebelde del dolor. Un mundo repleto de desamparados en el que la soledad es imposible.

Vallejo nos hermana a todos en lo común de su llanto, en su lágrima de inca horadando las calles de Europa, solo en la noche de su memoria, habitado de voces y sombras como una casa recién abandonada, respirando humanidad por la soledad de las cosas. Podríamos avanzar en datos biográficos, que pongan al poeta en su tiempo y expliquen los pocos días que le toco vivir en este mundo repartido entre en su patria natal (Perú), su España entrañable y finalmente en París, ciudad en la que conjeturó su muerte muchos años antes entre las hojas de su primer libro de poemas, Los heraldos negros. Su poesía abrevó siempre en las hondas aguas de la nostalgia hogareña, de las pérdidas familiares y del desahucio humano. Quizá haya en él, esa distante dignidad del inca despojado que aún preso de los conquistadores y obligado a ver la incapacidad para comprender la belleza y las brutales razones de los invasores, seguía siendo el hijo de Dios y principal encargado de la armonía del mundo, un dios vencido obligado a sufrir por su mundo que es destruido ante sus ojos.

Vallejo sufrió además prisión al ser acusado injustamente de participar en un incendio y saqueo de una casa del pueblo, perteneciente a la familia Santa María Calderón, arrieros negociantes de mercaderías y alcohol desde la costa. Trató de ocultarse pero fue descubierto, apresado y arrojado a un calabozo de Trujillo donde permanecerá durante 112 días (del 6 de noviembre de 1920 al 26 de febrero de 1921). En prisión compone su libro TRILCE verdadera obra señera del modernismo que implica una ruptura con la tradición poética de la época, en la que conviven las imágenes del encierro, los barrotes de la cárcel, las salidas al patio con los reclusos, con los recuerdos de su familia, el amor y el sexo. En este libro empleará muchos recursos propios del dadaísmo como la escritura automática y logrará desarrollar un estado onírico en el que la realidad del presidio se mezcla con los estertores en la cabeza del poeta para dar lugar a fenómenos sonoros que no existen en el castellano pero que se comprenden perfectamente en la poesía.

Decidió abandonar Perú para probar suerte en Europa donde entabla amistad con Juan Larrea y Vicente Huidobro. También hace contacto con Pablo Neruda y Tristan Tzara.

De un poeta querido podemos hablar casi como de un persona conocida, cercana a nuestros afectos y realidades, aunque jamás haya visto su figura en persona . En mi caso además ocurre, que no puedo acercarme a Vallejo, sin encontrar a mi padre, mi sangre temblorosa se dimana en los mismos versos que él leía, quizá buscándole a la pena de la ausencia maternal un conjuro de belleza que lo salve, que esculpa su dolor preciso como un diamante.

Como dijimos, Vallejo supo que su muerte lo encontraría en París, Me moriré en Paris,-dijo- con aguacero un día del cual ya tengo el recuerdo, la musa le murmuró al oído algunas otras precisiones como la del día de su muerte, Jueves le dijo que sería. Los hechos ocurrieron de igual modo fue en París, llovió sobre sus calles, pero su cuerpo aguantó la vida todo aquel jueves cobarde, para morir en la madrugada de un viernes del 15 de abril de 1938.

  

                                                                                             

Dibujo de Sara Morante



Me moriré en parís con aguacero...

Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París – y no me corro –
tal vez un jueves, como es hoy de otoño.

Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y,
jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.

César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro

también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos…

                             Cesar Vallejo




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