LA AUTONOMIA, LA HISTORIA Y LA POLITICA

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Domingo, 19 de Abril del 2020

LA AUTONOMIA, LA HISTORIA Y LA POLITICA

En los espacios de formación político-pedagógica de los movimientos sociales se prefiere hablar de memoria histórica de los pueblos antes que de historia. Los hechos, procesos o figuras del pasado no son abordados como acontecimientos heroicos (o trágicos) de un pasado bronceado al que hay que seguir lustrando. El ejercicio de la memoria histórica popular invita al saber práctico sobre el devenir del tiempo comunitario, a una mirada retrospectiva de lo que fuimos y somos capaces de hacer desde una dimensión vital colectiva en la que somos actores activos. Pone al sujeto (político-pedagógico) en el tiempo histórico, lo involucra, le otorga protagonismo, lo interpela al hacer. 

La puntillosidad de fechas, acontecimientos, acciones individuales y disquisiciones historiográficas dejan lugar a un proceso de reflexión sobre el pasado orientado a una construcción de sentido, performativa del presente y que pone al (los) sujeto (s) en situación de hacedor(es)/productor(es) de la historia (podríamos incluir aquí todo una discusión sobre el concepto de memoria histórica que ha propuesto Pierre Nora, y preguntarnos también si la propia ciencia de la historia –al menos como se ha desarrollado entre nosotros no ha seguido este derrotero pero en manos de grupos que han tenido la capacidad de reflexionar a partir de sus intereses presentes sobre el pasado, pero no es el motivo de este texto). El ejercicio de la memoria histórica es entonces un desafío político. Propongo en esos términos pensar la celebración por los 200 años de nuestra autonomía provincial: como un juego político-pedagógico y relacional que nos sitúa como sujetos activos de la historia, hacedores –también- de la autonomía.

Alejandro Auat se refirió hace un tiempo a la autonomía como la dimensión positiva de la libertad. Es decir, no sólo como un límite hacia la imposición de otras voluntades sobre las nuestras, sino como la posibilidad del ejercicio de esa libertad en función de objetivos, horizontes, búsquedas comunes. Emerge complementariamente la perspectiva procesual. Se conmemora una declaración, pero vamos 200 años construyéndola. Sin embargo hay un interrogante central que atraviesa el proceso de autonomización como dimensión positiva: la nominación del sujeto político. Es la voluntad de un pueblo la que se autonomiza políticamente, pero quien/es es/son ese pueblo. Concretamente ¿cuál es el sujeto político de nuestra autonomía?

Sabemos que un pueblo es una identidad política contingente, que ni se define previamente ni se esencializa desde un momento y para siempre. Cabría preguntarse entonces cual es el sujeto político popular que se ha ido construyendo en nombre de la autonomía y con ello, por aquellos que han quedado afuera, ya se sabe un “nosotros” constituye “otro” del cual nos diferenciamos (exterior constitutivo). Ese proceso es dinámico y ha atravesado diferentes momentos. Hace 200 años Borges, Ibarra y el resto de los muchachos apelaron a la identificación de un pueblo, que seguramente fue diferente al que interpeló el modelo del orden y progreso, o el radicalismo antipersonalista o el peronismo en sus orígenes… en cada momento político ¿quiénes han sido los incluidos y los excluidos del sujeto colectivo en nombre del cual se ha expresado nuestra autonomía?

La mujer, el indio, el pobre, el inmigrante, el trabajador, el campesino ¿qué lugares ocuparon en cada una de las etapas del proceso de autonomización? ¿En nombre de quienes y en función de qué intereses se ejerció y ejerce la autonomía? ¿Qué proyectos políticos, económicos y culturales hemos propuesto y sido capaces de construir? ¿Qué hemos hecho con nuestro medio ambiente, nuestros bosques, aguas y animales en estos doscientos años? ¿qué estado ha posibilitado configurar el proceso autonomista?

Seguramente las respuestas a esos interrogantes serían complejas y variadas. Para finalizar este escrito, quisiera detenerme en el interrogante estatal ¿cuán autónomo logró ser el estado provincial –como expresión de voluntad autónoma- respecto de imposiciones heterónomas? Entiendo que el valor de esta pregunta radica en formularla no sólo respecto de un “afuera”, sino también de un “adentro”: por las posibilidades de construcción de un espacio estatal autónomo de sectores corporativos internos que en distintos momentos de la historia lo han utilizado a favor de sus propios intereses y en contra del bienestar de las mayorías. Por acá parecen haber pasado las expresiones de conflictividad social más radical desde los albores del siglo XX en la Provincia.

Resumiendo: no pongamos la evocación de nuestra autonomía en el frio bronce de una historia manualizada y políticamente improductiva, aprovechemos la conmemoración bicentenaria para pensar productivamente nuestro presente comprendiendo que la autonomía es un proceso inacabado. Dejémonos interpelar por los “otros” que a lo largo de la historia hemos ido produciendo, y profundicemos la lucha por la autonomización respecto de espacios corporativos que imponen intereses y decisiones que perjudican a las mayorías populares. En tiempos neoliberales, parece ser el desafío más apremiante. 

 JOSE VEZZOSI




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