ZOCO DE LA BURI BURI
Cuando a veces le recordábamos alguna
frase o apreciación con la acababa de interpelarnos y sacarnos una carcajada,
él nos respondía con la misma sorpresa ¡¿eso he dicho yo?!... Por momentos,
parecía que había otro hombre que se metía en sus pensamientos y hablaba por
él. A veces, a pesar suyo, hablaba y hablaba. Un santiagueño que no terminaba
de llegar, un santiagueño que observaba el terruño desde un extrañamiento
recurrente.
A Jorge Rosenberg lo leemos y lo
seguiremos leyendo en voz alta en los asaos, en las guitarreadas, en la mesa
familiar, para reírnos, para deslumbrarnos, para darnos fuerza.
En la dificultad de encasillar dentro
de un género a los zocos seguirá aflorando el enigma. Habita en su obra la
nostalgia de una ciudad que no termino de desaparecer a sus pasos, que se
volvió niña en sus árboles y juegos, que sigue retoñando con humor y nos habla
con fina ironía. Textos nutridos de poesía, historia, filosofía. Con la belleza
de la coloquialidad santiagueña. A veces, entrelazando engolados discursos
científicos, que en otros libros podrían ser tratados o tesis doctorales. Todo
en su creación puede ser disuelto en una risa, o en una mueca de desdén, en la
emoción o la picardía.
Poeta inmenso, que nos permitió con editorial
Mundar reeditar su primer libro “La pelota de la luna”. Ese poemario que gira
como un trompo por el exilio, la lejanía, la infancia, los bombardeos. La
belleza que se construye en el dolor. La pelota alucinada seguirá regresando a
tus manos, cada vez que te volvamos a leer y a nombrar.
Nos quedan entre la mano, montones de
zocos, “para hacer dulce”, “para hacer kila” y que nadie diga: “alto capu”.
Como las mandarinas que suelen embolsar apurados los changos en la remera,
buscando llevarse un motín aceptable por arriba de la tapia. Los zocos tienen
el dulce de esas moras arrebatadas sin permiso, y compartidas con la adrenalina
de quien sabe el inminente peligro de ser descubierto.
Escuche alguna vez que los Zocos eran
textos para determinada generación, de determinadas calles de la ciudad. No
comparto aquella aseveración. Por ejemplo, la cita de los nombres propios de
ciudadanos para quienes no hemos vivido o no hemos conocido la época, adquiere
otro sabor a donde la imaginación intenta completar la magia. El paso del
“avión por avenida Belgrano”, o “la ballena del banco provincia” para quienes
no hemos podido verla o escuchar comentarios de primera mano, tenemos la
posibilidad de abrir otros diálogos para recrear lo que el Jorge nos dejó como
la punta del ovillo para el tan mentado trasvasamiento generacional.
Parafraseando a Rosenberg en agosto
“el lapacho florecido no es un árbol es la decisión irrevocable de volver a
vivir”, debo decir, los zocos no son solo libros escritos, son un caleidoscopio,
un dispositivo, un paradigma, unos coloridos anteojos que no los entregan en el
cine splendid, sino que surgen de la acuarela de sus libros, y sirven para vivir
santiagueñamente. Se trata de un espejo identitario a donde podemos asomarnos,
es un reflejo que parte desde Santiago y puede enlazarse mágicamente con
Bertold Brecht, Moby Dick, Hegel o Tejada Gomez.
Después de la lectura de los Zocos se
dispone de una nueva herramienta para jugar como un niño, seriamente, por las
calles de la ciudad.
Siempre habrá que llevar un puñado de ese “comoes” que invento Jorge Rosenberg, ese “comosellama” que es transparente y nos
deslumbra, por eso es que hay que esforzarse en ser todos los días ese como se
llama, ese “cómoes” que pasa entre nosotros los magos los que somos “comoes.
Nos dejas adentro de esta ciudad
sitiada. Se queda con nosotros tu poesía, tus zocos, tus anécdotas, tus
ocurrencias, tu buen humor, tu generosidad. Ya lo sabemos, te tienes que llevar
la llave, porque cuando cierras la puerta de tu casa, cierras la puerta de esta
ciudad. “Zoco de la buri buri, pan con suri, medias nuri, comida de aterburi y
buchi con sal.”