ZOCO DE LA BURI BURI

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Domingo, 14 de Julio del 2024

ZOCO DE LA BURI BURI

Cuando a veces le recordábamos alguna frase o apreciación con la acababa de interpelarnos y sacarnos una carcajada, él nos respondía con la misma sorpresa ¡¿eso he dicho yo?!... Por momentos, parecía que había otro hombre que se metía en sus pensamientos y hablaba por él. A veces, a pesar suyo, hablaba y hablaba. Un santiagueño que no terminaba de llegar, un santiagueño que observaba el terruño desde un extrañamiento recurrente.

A Jorge Rosenberg lo leemos y lo seguiremos leyendo en voz alta en los asaos, en las guitarreadas, en la mesa familiar, para reírnos, para deslumbrarnos, para darnos fuerza.

En la dificultad de encasillar dentro de un género a los zocos seguirá aflorando el enigma. Habita en su obra la nostalgia de una ciudad que no termino de desaparecer a sus pasos, que se volvió niña en sus árboles y juegos, que sigue retoñando con humor y nos habla con fina ironía. Textos nutridos de poesía, historia, filosofía. Con la belleza de la coloquialidad santiagueña. A veces, entrelazando engolados discursos científicos, que en otros libros podrían ser tratados o tesis doctorales. Todo en su creación puede ser disuelto en una risa, o en una mueca de desdén, en la emoción o la picardía.

Poeta inmenso, que nos permitió con editorial Mundar reeditar su primer libro “La pelota de la luna”. Ese poemario que gira como un trompo por el exilio, la lejanía, la infancia, los bombardeos. La belleza que se construye en el dolor. La pelota alucinada seguirá regresando a tus manos, cada vez que te volvamos a leer y a nombrar.  

Nos quedan entre la mano, montones de zocos, “para hacer dulce”, “para hacer kila” y que nadie diga: “alto capu”. Como las mandarinas que suelen embolsar apurados los changos en la remera, buscando llevarse un motín aceptable por arriba de la tapia. Los zocos tienen el dulce de esas moras arrebatadas sin permiso, y compartidas con la adrenalina de quien sabe el inminente peligro de ser descubierto.

Escuche alguna vez que los Zocos eran textos para determinada generación, de determinadas calles de la ciudad. No comparto aquella aseveración. Por ejemplo, la cita de los nombres propios de ciudadanos para quienes no hemos vivido o no hemos conocido la época, adquiere otro sabor a donde la imaginación intenta completar la magia. El paso del “avión por avenida Belgrano”, o “la ballena del banco provincia” para quienes no hemos podido verla o escuchar comentarios de primera mano, tenemos la posibilidad de abrir otros diálogos para recrear lo que el Jorge nos dejó como la punta del ovillo para el tan mentado trasvasamiento generacional.

Parafraseando a Rosenberg en agosto “el lapacho florecido no es un árbol es la decisión irrevocable de volver a vivir”, debo decir, los zocos no son solo libros escritos, son un caleidoscopio, un dispositivo, un paradigma, unos coloridos anteojos que no los entregan en el cine splendid, sino que surgen de la acuarela de sus libros, y sirven para vivir santiagueñamente. Se trata de un espejo identitario a donde podemos asomarnos, es un reflejo que parte desde Santiago y puede enlazarse mágicamente con Bertold Brecht, Moby Dick, Hegel o Tejada Gomez.

Después de la lectura de los Zocos se dispone de una nueva herramienta para jugar como un niño, seriamente, por las calles de la ciudad.

Siempre habrá que llevar un puñado de ese “comoes” que invento Jorge Rosenberg, ese “comosellama” que es transparente y nos deslumbra, por eso es que hay que esforzarse en ser todos los días ese como se llama, ese “cómoes” que pasa entre nosotros los magos los que somos “comoes.

Nos dejas adentro de esta ciudad sitiada. Se queda con nosotros tu poesía, tus zocos, tus anécdotas, tus ocurrencias, tu buen humor, tu generosidad. Ya lo sabemos, te tienes que llevar la llave, porque cuando cierras la puerta de tu casa, cierras la puerta de esta ciudad. “Zoco de la buri buri, pan con suri, medias nuri, comida de aterburi y buchi con sal.”



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